El Gigante de la Imposibilidad
- Fernando Arias
- hace 3 días
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Hay momentos en la vida donde las circunstancias parecen haber alcanzado un punto de no retorno. Son esas situaciones que, analizadas desde cualquier perspectiva humana, se muestran completamente cerradas, terminadas y sin alternativa. Es precisamente en ese terreno estéril donde se levanta uno de los rivales más terribles para el alma: el gigante de la imposibilidad. A diferencia de otros desafíos que irrumpen con violencia y ruido, este gigante suele presentarse con un susurro desalentador. Aparece silenciosamente en el instante en que comenzamos a aceptar como definitivo y permanente aquello que Dios todavía está a tiempo de transformar. Se alimenta de nuestra resignación, instalándose en la mente cada vez que miramos un problema y concluimos que ya no hay nada que hacer, que el tiempo oportuno ha pasado o que la última oportunidad se ha desvanecido para siempre. Resignación.
La experiencia de las hermanas de Betania, registrada en el Evangelio de Juan, retrata con crudeza este escenario. La crisis de Marta y María no era simplemente una enfermedad grave o un contratiempo cualquiera. Se trataba de la muerte en su expresión más rotunda. Cuando Jesús finalmente llegó al lugar, Lázaro llevaba cuatro días en el sepulcro. En el contexto de la época, este detalle no era menor. La mentalidad de la época asumía que después del tercer día la descomposición era irreversible y el alma se había retirado por completo. Humanamente hablando, la historia había concluido y el luto era la única realidad restante. Sin embargo, la aparente tardanza de Jesús nos introduce en una verdad fundamental del Reino: lo que para el hombre es un final cerrado y una causa perdida, permanece bajo la soberanía y el poder de Dios.
Al acercarse a la tumba, Jesús pronunció una orden que, a oídos de los presentes, debió ser confuso y sonar como locura: "Quitad la piedra". Desde luego, Aquel que sostiene el universo con la palabra de su poder no requería ayuda física para desplazar el obstáculo; un solo mandato suyo habría bastado para que la roca se apartara. No obstante, el Maestro eligió involucrar activamente a quienes rodeaban el dolor. Este principio delimita con claridad la dinámica entre la fe y la soberanía: Dios asume con exclusividad la parte que solo le corresponde a su omnipotencia, pero demanda nuestra obediencia en aquello que sí está a nuestro alcance realizar.
La piedra no era un adorno; era la barrera entre los vivos y los muertos, el límite que ocultaba una realidad dolorosa y que estaba en descomposición. Marta, con toda honestidad, advirtió sobre el olor que saldría al abrirla. Al igual que ella, con frecuencia preferimos mantener ciertas piedras firmemente selladas en nuestra vida. Nos acostumbramos a sepultar áreas del corazón (heridas del pasado, fracasos antiguos, relaciones rotas) por temor a confrontar la incomodidad que implica exponerlas. Pero Jesús no solicita que abramos la tumba porque necesite informarse de lo que hay dentro; exige que quitemos la barrera para que nuestros propios ojos hagan espacio a la manifestación de su gloria.
Una vez despejado el acceso, se desató el poder que sostiene la creación. Al clamar: "¡Lázaro, ven fuera!", Jesús no realizó una proclamación ni una fórmula difusa. Llamó a su amigo por nombre de manera específica, demostrando que su autoridad no se disuelve en la inmensidad de la muerte, sino que conoce cada rincón donde la esperanza parece haberse extinguido. Su voz sigue conservando hoy la misma autoridad sobre lo que consideramos perdido, demostrando que la eternidad no se rige por los diagnósticos humanos ni por el desgaste del tiempo.
Es crucial notar que el milagro no se produjo por la elocuencia de los presentes ni por la intensidad de un ruego humano. La autoridad estaba enteramente en la identidad de quien hablaba, no en la fórmula de la oración. Como declararía más tarde el mismo Jesús, toda potestad le ha sido conferida en el cielo y en la tierra. Por tanto, la paz de los hijos de Dios no proviene de la ilusión de controlar las circunstancias mediante decretos propios, sino de descansar en el carácter y la soberanía de Aquel que gobierna por encima de ellas.
El desenlace del milagro añade una capa profunda. Al ver salir a Lázaro, Jesús ordenó: Desatadle, y dejadle ir. Lázaro había recuperado la vida, pero su cuerpo aún arrastraba las vendas del sepulcro; sus movimientos estaban limitados por las vendas de la muerte. Esta imagen nos recuerda que, si bien el milagro de la regeneración espiritual ocurre en un instante eterno, el proceso de la restauración humana suele desarrollarse en el tiempo, paso a paso. Hay ataduras emocionales y hábitos del pasado que requieren ser desatados con paciencia.
Finalmente, este pasaje nos libera de una carga que jamás debimos llevar sobre los hombros: la presión de producir el milagro. La comunidad en Betania no resucitó a Lázaro; su tarea se limitó a remover la piedra al principio y a quitar las vendas al final, de manera simplificada, en obedecer a Jesús. A menudo nos desgastamos intentando transformar los corazones ajenos, resolver encrucijadas o fabricar resultados que pertenecen únicamente al ámbito de Dios. Nuestra responsabilidad radica en la obediencia cotidiana y en la fidelidad en lo pequeño; la obra profunda y la transformación del alma le pertenecen de forma exclusiva al Señor.
Si hoy te encuentras ante una situación que se asemeja a una tumba fría y sellada, donde la razón dicta que es demasiado tarde o demasiado complejo para cambiar, la historia del milagro en Betania es tu faro. Dios no se rige por nuestros calendarios u horarios de urgencia, y su aparente retraso suele ser el preámbulo de una manifestación más alta de su gracia y poder. Al final del día, nuestra estabilidad no depende de que el panorama cambie de inmediato de acuerdo a nuestros deseos, sino de la certeza de saber quién está presente en medio del proceso. Cuando Jesús camina con nosotros, ninguna sepultura representa la última palabra.
Deseo recomendarte otras lecturas complementarias que son parte de una serie titulada "Gigantes". Están disponibles en este sitio y como audio-podcasts en Youtube y Spotify ("Pastor Fernando Arias").


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