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La batalla silenciosa de no rendirse

  • Foto del escritor: Fernando Arias
    Fernando Arias
  • hace 3 días
  • 5 Min. de lectura

No renuncies en medio de la duda. Detente un momento y piensa.


Este es uno de esos artículos que no nacen desde lo académico ni desde una estructura cuidadosamente elaborada, sino desde un proceso interno, mientras Dios trata con el corazón en lo cotidiano. Lo escribo siendo guiado por el Espíritu Santo, pero también desde el escritorio de mi humanidad, con todo lo que eso implica: sensibilidad, preguntas y una fe que sigue aprendiendo a sostenerse o mantenerse de pie.


No es el más teológico de mis escritos, ni pretende serlo. Más bien, es una reflexión honesta. Comenzó como un pensamiento breve en mis notas, casi como una conversación conmigo mismo, y poco a poco fue tomando forma hasta convertirse en estas líneas. Mi deseo es sencillo: que al llegar a alguien que hoy esté luchando en silencio, estas palabras puedan traer ánimo y la certeza de que no todo está perdido, aunque por momentos así lo parezca.



Hay momentos en los que el corazón carga más de lo que las palabras alcanzan a expresar. No es necesariamente un peso de derrota, sino una tensión que nace cuando lo que Dios ha comenzado a hacer en nosotros se encuentra con nuestras propias dudas. Es una lucha silenciosa, muchas veces invisible para otros, pero profundamente real para quien la experimenta.


Quizás alguien necesita leer esto hoy: no renuncies a lo que Dios está formando en tu vida solo porque han aparecido pensamientos que te hacen dudar. No todo lo que se siente tiene origen en Dios. Hay inseguridades que nacen de nuestra humanidad, de experiencias pasadas, de temores que no han sido completamente sanados. Y sin embargo, aun en medio de ese escenario, el llamado de Dios permanece firme. Es cierto que no es sabio dar pasos apresurados cuando el corazón está completamente desordenado o lejos de la paz que viene de caminar con Él. Pero también es cierto que la fe, en muchas ocasiones, no se expresa desde una confianza perfecta, sino desde una decisión consciente de avanzar a pesar del temor. Hace mucho tiempo aprendí esto, y no de la manera más dulce: el miedo no invalida la fe; muchas veces la acompaña. Lo importante es quién tiene la última palabra en nuestra decisión.


Hay una idea equivocada que suele hacerse un lugar en la mente: que el éxito en lo que Dios nos ha llamado a hacer debe ser limpio, continuo, sin tropiezos. Pero la realidad bíblica y la experiencia de vida muestran lo contrario. El camino de la obediencia está lleno de procesos, ajustes, caídas y aprendizajes. No porque Dios falle, sino porque nosotros estamos siendo formados en el proceso. El verdadero éxito no se mide por la ausencia de errores, sino por la permanencia en el propósito. Se trata de levantarse una vez más, no porque seamos fuertes, sino porque Dios no ha terminado con nosotros. Cada caída, cada momento de duda, cada intento que no resultó como esperábamos, se convierte en parte del terreno donde Él sigue obrando.


Pensar en Moisés ayuda a aterrizar esta realidad. No fue un hombre que vio resultados inmediatos ni respuestas instantáneas. Aun teniendo la certeza de que Dios lo había enviado, tuvo que regresar una y otra vez ante Faraón, enfrentando rechazo, resistencia y, seguramente, momentos de desgaste emocional. No fueron uno ni dos intentos. Fueron múltiples encuentros en los que, humanamente hablando, nada parecía cambiar de inmediato. Aparte, imaginarlo descendiendo del monte después de haber estado en la presencia de Dios abre una perspectiva muy humana. Arriba, claridad. Abajo, conflicto. Arriba, dirección. Abajo, quejas, presión e inconformidad. Esa transición debió haber sido desgastante. No es difícil pensar que su ánimo fluctuaba, que su corazón también enfrentaba momentos de tensión. Por eso, cuando vemos sus reacciones en ciertos pasajes, resulta más fácil comprenderlo que juzgarlo.


La paciencia que Moisés mostró no fue automática ni producto de una personalidad perfecta. Fue el resultado de un proceso en el que Dios lo sostuvo una y otra vez. Y eso mismo sigue ocurriendo hoy con los hijos de Dios. No se trata de alcanzar un estado donde nunca dudemos o nunca nos sintamos sobrepasados. Se trata de aprender a volver a Él en medio de todo eso y seguir avanzando.


Hay personas que están a un paso de abandonar algo que Dios inició, no porque Él haya cambiado de opinión, sino porque el proceso se volvió más difícil de lo que esperaban. Tal vez el cansancio emocional ha nublado su perspectiva. Tal vez la comparación con otros ha generado inseguridad. Tal vez los resultados no han llegado en el tiempo que se imaginaba. Pero nada de eso significa que Dios haya dejado de obrar.


A veces, lo más espiritual que alguien puede hacer no es sentir una seguridad absoluta, sino decidir permanecer. Permanecer cuando hay preguntas sin responder. Permanecer cuando el entorno no coopera. Permanecer cuando el corazón necesita ser afirmado una y otra vez. Si Dios comenzó algo, no lo hizo sin propósito. Y si aún no ha terminado, tampoco lo ha abandonado. La obra de Dios en una vida no depende de la perfección del instrumento, sino de la fidelidad de Aquel que lo llamó. Déjame simplificarlo: Dios no necesita que tú seas perfecto para cumplir lo que quiere hacer en tu vida. Él obra con personas reales, con luchas, errores y procesos. Lo que sostiene el propósito no es que tú nunca falles, sino que Él es fiel y no abandona lo que empezó. Así que no todo depende de qué tan bien lo hagas, sino de que Dios cumple lo que promete.


Por eso, antes de rendirse, vale la pena hacer una pausa y discernir de dónde vienen esas voces internas. No todo pensamiento que invita a retroceder proviene de la sabiduría. Algunos nacen del temor. Otros, de heridas no resueltas. Y otros simplemente de la presión del momento. Pero la voz de Dios, aun cuando confronta, no empuja a abandonar lo que Él mismo estableció. Él corrige, afirma, redirige, pero no juega con el propósito que ha puesto en una vida. Tu llamado y tu misión no son un juego, son un encargo de parte de Dios.

Antes de cerrar este artículo, déjame decirte algo: seguir adelante no significa ignorar las emociones. Tampoco darles más importancia de lo que se merecen. Significa someterlas a una verdad mayor. Significa reconocer que, aunque haya temor, también hay un llamado. Y que ese llamado no depende de que todo salga bien a la primera, sino de la disposición de seguir caminando y seguir confiando en quien camina contigo.


Tal vez hoy no se trata de dar un gran salto, sino de dar un paso más. Uno solo, pero en la dirección correcta. Porque a veces, la diferencia entre rendirse y ver el cumplimiento de lo que Dios prometió está en la decisión de no detenerse.

 
 
 

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