¿Puede cualquiera predicar? La respuesta, bien entendida, no es tan simple como un sí automático, pero tampoco admite un no restrictivo. Hay una verdad que conviene sostener con equilibrio: la predicación no es una opción dentro de la vida cristiana, es un mandato. Jesús no dejó abierta la posibilidad, sino que comisionó a sus discípulos a ir y hacer discípulos, a enseñar, a dar a conocer lo que habían recibido. En ese sentido, todos los hijos de Dios han sido alcanzados por una responsabilidad que no se limita a unos pocos, sino que se extiende a todos los que han sido transformados por el evangelio.
Sin embargo, el problema no suele estar en el mandato, sino en la comprensión que tenemos de lo que significa predicar. Durante mucho tiempo hemos reducido la predicación a un acto específico, generalmente asociado a una plataforma, a un púlpito y a una audiencia receptiva. Bajo ese marco, predicar parece reservado para quienes tienen un don evidente de comunicación o una posición formal dentro de la iglesia. Pero esa visión, aunque contiene una parte de verdad, resulta incompleta. La predicación es, en su esencia más profunda, la proclamación de un mensaje. Es el acto de hacer visible, audible y comprensible la verdad del evangelio en medio de un mundo que necesita escucharla y verla.
Cuando el Nuevo Testamento habla de anunciar, de proclamar, de dar testimonio, no siempre lo hace pensando en escenarios formales. La iglesia primitiva creció no solo por los sermones apostólicos, sino por la dispersión de hombres y mujeres que, en su vida cotidiana, llevaban consigo el mensaje de Cristo. Había palabra, sí, pero también había vida. Había enseñanza, pero también coherencia. De hecho, una de las tensiones más evidentes en el testimonio cristiano aparece cuando hay discurso sin respaldo, o conducta sin claridad en el mensaje.
Por eso es necesario ampliar la mirada sin diluir la responsabilidad. Predicar no se limita a hablar, pero tampoco puede reducirse a un testimonio silencioso que nunca nombra a Cristo. Existe una tendencia moderna a afirmar que basta con vivir bien, como si la ética cristiana por sí sola fuera suficiente para comunicar el evangelio. Sin embargo, el mensaje de salvación no es intuitivo ni se deduce únicamente de la conducta. Requiere ser anunciado. La fe viene por el oír. Hay un contenido que debe ser articulado, explicado y defendido con fidelidad.
Muchos de los que hoy predicamos hubo un tiempo en el que jamás pensamos que nuestro camino apuntaría en esa dirección. No todos nacemos con facilidad para hablar ni con una inclinación natural hacia la comunicación pública. En lo personal, y al escuchar a otros que hoy también sirven en este ámbito, hay una coincidencia que se repite: en algún momento, la idea de predicar generaba más ansiedad que entusiasmo. La exposición, la responsabilidad de comunicar correctamente, el temor a no estar a la altura, todo eso formó parte del proceso. Con el tiempo, uno descubre que la predicación no comienza en la seguridad del orador, sino en la obediencia al llamado. Y es allí donde disciplinas como la homilética encuentran su lugar, no como un recurso para producir discursos elocuentes, sino como una herramienta que ordena, cuida y da forma al mensaje, ayudando a que lo que se comunica sea fiel, claro y edificante. Y esto aprendí con los año: Dios no solo llama, también forma, y en ese proceso va trabajando tanto el contenido como el corazón del mensajero.
Al mismo tiempo, sería un error insistir en la proclamación verbal mientras se descuida el carácter. La credibilidad del mensaje está profundamente vinculada a la vida del mensajero. No en términos de perfección, sino de integridad. El mundo no espera personas impecables, pero sí percibe con claridad la incoherencia. En este sentido, la predicación también ocurre cuando una vida redimida comienza a reflejar, aunque sea de manera progresiva, el carácter de Cristo. Las decisiones cotidianas, la forma en que se enfrenta el dolor, la manera en que se trata a otros, todo comunica. Todo enseña. Aquí es donde emerge una dimensión que muchas veces se pasa por alto: la predicación como vocación que abarca distintos lenguajes. Dios, en su gracia, ha dado a su pueblo diversidad de dones. Algunos predican desde una plataforma con claridad y autoridad. Otros lo hacen desde el arte, desde la música, desde la escritura, desde la educación, desde la vida profesional. No se trata de sustituir el mensaje, sino de encarnarlo en contextos reales. Cuando el contenido es fiel y el corazón está rendido a Dios, esos espacios se convierten en canales legítimos de proclamación.
No obstante, ampliar la comprensión de la predicación no significa relativizar su peso. Predicar implica representar un mensaje que no nos pertenece. No hablamos desde nuestras ideas, sino desde una verdad que nos ha sido confiada. Por eso, la ligereza en la comunicación puede causar daño. Un evangelio mal explicado puede generar falsas seguridades o rechazos innecesarios. Una enseñanza fuera de contexto puede distorsionar el carácter de Dios. La predicación requiere responsabilidad, preparación y temor de Dios. No todos enseñan en el mismo nivel, y la Escritura misma advierte que quienes enseñan serán juzgados con mayor rigor.
En este punto es importante hacer una distinción que ayuda a ordenar la conversación. Todos estamos llamados a testificar, a anunciar, a vivir y hablar el evangelio. Pero no todos están llamados a ejercer el ministerio de la predicación pública con autoridad doctrinal dentro de la iglesia. Ese llamado específico implica reconocimiento, formación, carácter probado y afirmación comunitaria. Confundir ambas dimensiones puede llevar, por un lado, a silenciar a quienes deberían estar compartiendo su fe, o por otro, a exponer a otros a enseñanzas inmaduras o incorrectas.
Desde una perspectiva pastoral, este tema no debe abordarse con rigidez, sino con claridad y acompañamiento. Hay personas que sienten un peso genuino por compartir el mensaje, pero no saben cómo hacerlo. Otras han sido heridas por experiencias donde la predicación fue usada de manera incorrecta, generando temor o rechazo. Y también están aquellos que, por comodidad o inseguridad, han decidido guardar silencio. A cada uno se le debe guiar con paciencia, ayudándoles a crecer en comprensión, en carácter y en sensibilidad al Espíritu.
Predicar, en última instancia, no es solo una tarea que se cumple, es una vida que se entrega. Es permitir que el evangelio no solo pase por nuestros labios, sino que atraviese nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestras prioridades. Es reconocer que somos portadores de un mensaje que trae vida, y que ese mensaje merece ser comunicado con verdad y con amor.
Tal vez la pregunta no deba ser únicamente si cualquiera puede predicar, sino si estamos dispuestos a asumir lo que implica hacerlo. Porque cuando se entiende correctamente, la predicación deja de ser un privilegio reservado para unos pocos, pero también deja de ser una actividad ligera. Se convierte en una expresión de fidelidad, en la que cada hijo de Dios, desde su lugar, participa en dar a conocer a Jesús con su voz y con su vida.
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