Hay una diferencia que parece sencilla, pero que puede cambiar profundamente la manera en que leemos la Biblia: no todo lo que la Escritura describe es algo que la Escritura prescribe.
La Biblia cuenta historias. Habla de hombres y mujeres reales, de familias reales, de decisiones acertadas y equivocadas, de momentos de fe y de momentos de incredulidad. Nos muestra victorias, pero también fracasos; obediencia, pero también rebelión; actos de generosidad y actos de egoísmo. La Escritura no maquilla la condición humana. Muchas veces nos permite mirar directamente aquello que ocurrió, incluso cuando lo ocurrido estuvo lejos de lo que Dios quería.
El problema aparece cuando confundimos el relato con el mandato. Cuando asumimos que porque algo sucedió en la Biblia, necesariamente debemos imitarlo. Cuando convertimos una descripción en una prescripción, dejamos de preguntarnos qué quiso comunicar realmente el texto y comenzamos a utilizar la Biblia para justificar nuestras propias conclusiones.
Esta distinción es particularmente importante porque la Biblia contiene narraciones que, si se leen sin atención al contexto y al propósito del autor, podrían llevarnos a conclusiones completamente equivocadas. Abraham mintió acerca de Sara. Jacob engañó a su padre. Moisés perdió el control y golpeó la roca. David cometió adulterio y posteriormente organizó las circunstancias para que Urías muriera. Salomón acumuló esposas y terminó desviando su corazón. Pedro negó a Jesús. Los discípulos discutieron acerca de quién era el mayor. Todos estos acontecimientos están en la Biblia. Pero el hecho de que estén en la Biblia no significa que la Biblia los esté recomendando.
La Biblia no necesita esconder los fracasos de sus protagonistas
Una de las cosas que más llama la atención cuando leemos la Biblia con cuidado es que sus grandes personajes no aparecen como hombres perfectos. No encontramos biografías cuidadosamente editadas para preservar la reputación de los héroes. La Escritura presenta sus virtudes, pero también expone sus debilidades.
Eso resulta incómodo para nuestra manera de pensar. Tendemos a construir héroes sin contradicciones. Preferimos recordar a David enfrentando a Goliat y no a David mirando a Betsabé desde el terrado. Nos resulta más fácil hablar de Pedro predicando en Pentecostés que recordar aquella noche en que aseguró no conocer a Jesús. Admiramos la fe de Abraham, pero también debemos leer sus episodios de engaño. Nos gusta hablar de Salomón como el hombre de sabiduría, pero no podemos ignorar cómo su corazón terminó desviándose.
Sin embargo, precisamente allí encontramos una de las grandes fortalezas de la narrativa bíblica. La Biblia no necesita presentar hombres impecables para demostrar la fidelidad de Dios. Los personajes bíblicos no son importantes porque todo lo que hicieron fuera correcto. Son importantes porque Dios actuó en medio de sus historias, incluso en medio de sus fracasos. La Escritura no convierte el pecado de sus protagonistas en virtud. Tampoco necesita ocultarlo para proteger la fe. Al contrario, nos permite verlo porque quiere que entendamos algo acerca de Dios, acerca del ser humano y acerca de las consecuencias de nuestras decisiones.
Por eso, cuando leemos un relato bíblico debemos resistir la tentación de preguntar inmediatamente: “¿Cómo puedo hacer lo mismo que hizo este personaje?”. La pregunta más importante es otra: “¿Qué está enseñando este relato?”.
Que algo haya sucedido no significa que Dios lo haya aprobado
Esta es quizá una de las confusiones más comunes al interpretar las narraciones bíblicas.
El libro de Jueces, por ejemplo, describe una época caracterizada por una profunda decadencia espiritual y moral. Una de las frases que se repite hacia el final del libro resume aquella condición: “cada uno hacía lo que bien le parecía”. El autor no está entregando una manera de vivir. Está explicando el estado espiritual de Israel.
Del mismo modo, cuando Génesis relata que Jacob engañó a Isaac para recibir la bendición destinada a Esaú, no debemos leer el episodio como una clase sobre cómo conseguir lo que queremos mediante el engaño. La narración nos muestra una familia marcada por favoritismos, manipulación y hasta el engaño, y nos permite observar las consecuencias que esas decisiones producen.
La Biblia puede registrar una mentira sin aprobar la mentira. Puede registrar una guerra sin convertir la violencia en una virtud. Puede registrar poligamia sin establecerla como modelo matrimonial. Puede registrar venganza sin convertirla en una norma para sus lectores. Por eso la pregunta correcta no es simplemente: “¿La Biblia habla de esto?”. La Biblia habla de muchas cosas que presenta como pecado, tragedia, advertencia o fracaso. La pregunta correcta es: “¿Cómo presenta la Biblia esto y qué quiere enseñarnos al incluirlo?”.
El matrimonio es un buen ejemplo
Esto trae a mi memoria el típico debate teológico sobre la poligamia. Alguien podría leer Génesis y observar que Abraham tuvo a Agar, que Jacob tuvo a Lea y Raquel y que posteriormente tuvo hijos con sus siervas. Podría continuar leyendo y encontrar que David tuvo varias esposas y que Salomón tuvo muchas mujeres. Entonces podría concluir: “La Biblia permite la poligamia”. Pero esa conclusión no surge necesariamente de lo que el texto está enseñando. Surge de confundir la existencia de una práctica dentro de la historia bíblica con la aprobación de esa práctica como modelo.
Cuando Jesús fue preguntado acerca del matrimonio, no tomó como punto de partida las costumbres de Abraham, Jacob, David o Salomón. Regresó al principio de la creación: “Pero al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios”. Y añadió: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”. Jesús no construye la visión del matrimonio a partir de todo lo que los personajes bíblicos hicieron. La construye a partir del propósito establecido desde el principio.
La Biblia es una unidad, pero no es un texto plano. Dios habló mediante diferentes géneros, autores, circunstancias y momentos de la historia de la redención. Leer bien la Escritura requiere respetar esas diferencias. La fidelidad bíblica no consiste en sacar una frase de su contexto para hacerla decir lo que nosotros queremos. Consiste en escuchar el texto dentro del contexto en el que Dios quiso que llegara hasta nosotros. Esto también nos protege de una lectura peligrosa.
Cuando confundimos lo que la Biblia describe con lo que la Biblia prescribe, podemos terminar justificando comportamientos que deberían llevarnos al arrepentimiento. Alguien puede decir: “David lo hizo”. Pero David no es nuestra norma. Otro podría decir: “Pedro tuvo miedo”. Sí, Pedro tuvo miedo. Pero el relato de su negación no fue incluido para enseñarnos que negar a Cristo está bien. Fue incluido para mostrarnos la fragilidad humana, la gravedad de la negación, la gracia de Cristo y la restauración que posteriormente experimentó Pedro. Otro podría decir: “Abraham mintió y Dios siguió trabajando con él”. Es verdad. Pero la misericordia de Dios hacia Abraham no convierte su mentira en una virtud.
Aquí hay una diferencia que necesitamos recuperar: la gracia de Dios no convierte nuestro pecado en algo correcto. Que Dios continúe trabajando con una persona después de su fracaso no significa que Dios haya aprobado aquello que hizo. Significa que su gracia es mayor que nuestro fracaso. Y eso debería producir humildad, no permisividad. La Biblia también describe lo que nosotros somos. Quizá esta sea una de las razones por las que estos relatos siguen siendo tan relevantes. La Biblia no solamente describe acontecimientos antiguos. Muchas veces, al leerlos, descubrimos algo de nosotros mismos.
Vemos a Abraham intentando resolver con sus propias manos aquello que Dios ya había prometido.
Vemos a Jacob manipulando circunstancias porque no confía plenamente en que Dios cumplirá su propósito.
Vemos a Moisés reaccionando desde la ira y la frustración.
Vemos a David dejándose gobernar por un deseo que terminó destruyendo varias vidas.
Vemos a Pedro hablando con seguridad hasta descubrir, en la noche más difícil, que su propia fuerza no era suficiente.
Aquí, el propósito no es decir: “Como ellos fallaron, entonces nuestro fracaso es inevitable”. El propósito es reconocer nuestra condición y permitir que la Palabra de Dios nos conduzca hacia una respuesta diferente. La Biblia describe la realidad humana con una honestidad que muchas veces nosotros no tenemos con nosotros mismos.
La gracia no está en imitar todos los relatos, sino en aprender de ellos. Hay algo muy pastoral esto al reconocer que la Biblia no nos presenta personajes perfectos. No tenemos que fingir delante de Dios que somos más fuertes de lo que realmente somos. No tenemos que construir una espiritualidad basada en apariencias. Podemos mirar nuestras propias luchas con honestidad y al mismo tiempo recordar que nuestros fracasos no tienen la última palabra.
Y por supuesto, tampoco debemos utilizar la imperfección de los personajes bíblicos como una excusa para permanecer iguales.
David cayó, pero David también fue confrontado.
Pedro negó, pero Pedro también fue restaurado.
Jonás huyó, pero Dios también lo confrontó.
El hecho de que la Biblia describa nuestros patrones humanos no significa que los esté legitimando. Muchas veces los expone precisamente para que podamos reconocerlos, arrepentirnos y cambiar. La Escritura no fue dada para que encontremos excusas para nuestros pecados. Fue dada para que encontremos verdad.
Entonces, ¿cómo debemos leer un relato bíblico?
Tal vez una de las preguntas más importantes que podemos hacernos al abrir las Escrituras sea esta: “¿El texto me está diciendo que esto ocurrió, o me está diciendo que esto debe ocurrir?” La pregunta parece sencilla, pero puede evitar errores importantes.
La buena interpretación no consiste simplemente en encontrar versículos que respalden lo que ya pensamos. Consiste en permitir que la Escritura nos corrija, incluso cuando lo que encontramos allí resulta incómodo. La Biblia no solo nos dice qué hacer; también nos muestra por qué necesitamos a Dios. Tal vez por eso los relatos son tan importantes. Si la Biblia solamente contuviera mandamientos, podríamos caer fácilmente en la ilusión de que nuestra relación con Dios depende de nuestra capacidad para cumplir una serie de instrucciones. Pero la Biblia también cuenta historias de personas que intentaron caminar con Dios y tropezaron.
Personas que recibieron promesas y tuvieron miedo.
Personas que conocieron la voluntad de Dios y aun así escogieron otro camino.
Personas que fueron restauradas después de caer.
Necesitamos más que instrucciones. Necesitamos gracia. Necesitamos un Salvador. Y allí la diferencia entre describir y prescribir adquiere una dimensión todavía más profunda. La Biblia no solamente nos muestra cómo deberíamos vivir; también nos muestra, a lo largo de toda su historia, nuestra incapacidad para vivir perfectamente delante de Dios y nuestra necesidad de Cristo.
Por eso no debemos leer a David como si David fuera nuestro modelo final. Debemos leer la historia de David y preguntarnos qué revela sobre el pecado, sobre el arrepentimiento, sobre la justicia y sobre la misericordia de Dios. Y, finalmente, debemos recordar que la esperanza de la Escritura no descansa en encontrar un ser humano perfecto, sino en encontrar al único Hombre que verdaderamente obedeció a Dios en todo. Al único que podemos y debemos leer como modelo final, desde su inicio hasta al fin, es a Cristo.
Hay historias que debemos imitar y otras de las que debemos aprender precisamente porque no debemos repetirlas. Hay personajes cuyas virtudes debemos admirar y pecados de los que debemos apartarnos. Hay decisiones que aparecen en la Escritura como ejemplos de fidelidad y otras que aparecen como advertencias. La pregunta no debe ser simplemente: “¿Esto está en la Biblia?”. La pregunta más profunda es: “¿Qué quiere Dios enseñarme con esto?”.
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