¿Cuál es la diferencia entre hebreo, israelita y judío? Una explicación clara desde la Biblia y la historia
Fernando Arias
hace 46 minutos
5 Min. de lectura
A lo largo de los años en el pastorado hay preguntas que regresan una y otra vez. Algunas son profundamente complejas, otras en realidad no lo son tanto, aunque a veces nosotros mismos las volvemos complicadas. Una de esas preguntas aparece con frecuencia cuando hablamos de la Biblia, de la historia del pueblo de Dios o de temas relacionados con Israel. La pregunta suele formularse de varias maneras, pero en esencia es la misma: ¿qué diferencia hay entre hebreo, israelita y judío?
En más de una ocasión alguien me ha dicho que estos términos parecen ser lo mismo, o que tal vez son simplemente palabras diferentes para referirse al mismo pueblo. Y aunque están profundamente conectados entre sí, no significan exactamente lo mismo. Cada uno surgió en un momento particular de la historia bíblica y refleja una dimensión distinta de la identidad del pueblo que Dios escogió para revelarse al mundo.
Me gusta abordar este tipo de temas con calma, sin apresurarlos. La Biblia misma desarrolla la historia de la redención a lo largo de generaciones. Por eso, cuando explico esta diferencia, suelo decir que no estamos viendo tres pueblos distintos, sino tres formas históricas de describir al mismo pueblo de Dios a lo largo de su historia.
El término hebreo es el más antiguo de los tres. Aparece en los relatos patriarcales y está asociado con los primeros descendientes de Abraham. En Génesis 14:13 se menciona por primera vez cuando el texto dice: “Y vino uno de los que escaparon, y lo anunció a Abram el hebreo”. El término hebreo proviene probablemente del término hebreo “ivri” (עִבְרִי), que muchos estudiosos relacionan con la raíz “avar”, que significa pasar o cruzar. Algunos intérpretes consideran que el término podría aludir a alguien que viene “del otro lado”, posiblemente del otro lado del río Éufrates, haciendo referencia al origen mesopotámico de la familia de Abraham.
Otros estudiosos también señalan la posible conexión con Heber, un antepasado mencionado en Génesis 10:21 y 11:14. En cualquier caso, el uso bíblico del término parece tener una función clara en los primeros relatos: describir la identidad étnica y ancestral de Abraham y sus descendientes. Cuando las naciones vecinas hablaban de ellos, los llamaban hebreos.
Esto significa que el término hebreo apunta principalmente al origen ancestral del pueblo. Nos lleva al comienzo de la historia, cuando Dios llamó a Abraham en Génesis 12:1-3 y le hizo una promesa que cambiaría la historia humana. Todavía no existe una nación organizada, todavía no hay tribus estructuradas ni un territorio nacional. Lo que hay es una familia escogida por Dios, portadora de una promesa.
Con el paso del tiempo aparece el segundo término, israelita. Este surge directamente de la historia de Jacob. En Génesis 32:28, después de su lucha con el ángel, Dios cambia su nombre y le dice: “No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel”. A partir de ese momento, los descendientes de Jacob comienzan a ser conocidos como los hijos de Israel.
El término israelita, en hebreo “yisraeli” (יִשְׂרָאֵלִי), describe a los descendientes de Jacob a través de sus doce hijos, quienes se convierten en las doce tribus de Israel. Aquí ya estamos entrando en la formación de un pueblo. No es solamente una familia patriarcal, sino una comunidad que crece, se multiplica y finalmente se convierte en una nación.
Por eso en el libro de Éxodo encontramos repetidamente la expresión “los hijos de Israel”. En Éxodo 1:7 leemos que “los hijos de Israel fructificaron y se multiplicaron”. En este punto de la historia bíblica el pueblo ya tiene una identidad nacional clara. Son el pueblo del pacto que Dios sacará de Egipto, al que entregará la ley en el Sinaí y con quien establecerá una relación única.
Cuando la Biblia habla de los israelitas en este contexto, está hablando del pueblo del pacto, de la nación formada a partir de los descendientes de Jacob. La palabra no solamente tiene una dimensión étnica, sino también teológica. Israel es el pueblo al que Dios reveló su ley, sus promesas y su propósito redentor.
El tercer término, judío, aparece más tarde en la historia. Su origen está relacionado con la tribu de Judá y con el reino del sur después de la división del reino. Después de la muerte de Salomón, el reino se divide en dos: el reino del norte, llamado Israel, y el reino del sur, llamado Judá.
El término judío proviene del hebreo “yehudi” (יְהוּדִי), que originalmente significaba alguien perteneciente a Judá. Con el tiempo, especialmente después del exilio babilónico en el siglo VI antes de Cristo, el término comenzó a aplicarse de forma más amplia a todos los descendientes del pueblo que regresaron del exilio y preservaron la fe, la ley y las tradiciones del pueblo de Israel.
Por eso, cuando llegamos al Nuevo Testamento, el término judío es el más común. El evangelio de Juan, por ejemplo, lo utiliza frecuentemente para referirse al pueblo que vivía bajo la tradición de la ley y el templo en Jerusalén. Jesús mismo nace dentro de este contexto histórico y religioso.
Aquí es donde muchas personas se sorprenden. Una misma persona podía ser hebreo, israelita y judío al mismo tiempo. El apóstol Pablo lo demuestra claramente. En Romanos 11:1 dice: “Yo también soy israelita, de la descendencia de Abraham, de la tribu de Benjamín”. En Filipenses 3:5 declara que es “hebreo de hebreos”. Y en muchos contextos del libro de los Hechos es identificado como judío.
Esto no es una contradicción. Es simplemente la acumulación de capas históricas de identidad. Pablo es hebreo por su origen ancestral, israelita por su descendencia de Jacob y judío por su identidad religiosa dentro del judaísmo de su tiempo.
Cuando explico esto en el contexto pastoral, me gusta recordar algo importante: la Biblia no usa estas palabras de manera confusa o arbitraria. Cada término refleja un momento en la historia de la redención. Hebreo nos lleva a los patriarcas. Israelita nos lleva al pueblo del pacto. Judío nos lleva al período posterior al exilio y al contexto en el que aparece Jesús. Comprender esto también nos ayuda a leer la Biblia con mayor claridad. Nos recuerda que la revelación de Dios se desarrolla en la historia. Dios no habló todo de una vez ni formó su pueblo en un solo momento. Fue construyendo su historia a lo largo de generaciones, guiando a su pueblo paso a paso.
Ahora bien, más allá del interés académico, hay algo profundamente espiritual y pastoral en esta realidad. Este tema nos recuerda que Dios trabaja en la historia humana de manera paciente. Él forma identidades, comunidades y propósitos a lo largo del tiempo. El Dios que llamó a Abraham, formó a Israel y preservó al pueblo judío es el mismo Dios que sigue obrando hoy.
Por eso, cuando alguien me hace esta pregunta, trato de responder con sencillez. No necesitamos volverlo más complicado de lo que es. Hebreo apunta al origen del pueblo, israelita a la nación del pacto y judío a la identidad histórica y religiosa que se consolidó después del exilio. Tres palabras, una misma historia. La historia del pueblo que Dios escogió para revelar su palabra, para traer al Mesías al mundo y para mostrarnos, a través de las Escrituras, el camino de la redención.
Comentarios