top of page

El día que la Palabra comenzó a multiplicarse

  • Foto del escritor: Fernando Arias
    Fernando Arias
  • hace 5 minutos
  • 3 Min. de lectura

Cada generación necesita detenerse, aunque sea por un momento, para recordar de dónde viene aquello que hoy da por sentado. En nuestras manos descansa un Libro que solemos abrir con naturalidad, pero cuya presencia es el resultado de siglos de fidelidad, sacrificio y providencia.

Tradicionalmente, un 23 de febrero de 1455, la historia recuerda la culminación de la impresión de la Biblia por Johannes Gutenberg. Aunque no existe un documento que certifique con absoluta precisión ese día exacto, la fecha ha sido conservada como una referencia simbólica que apunta a algo mucho más grande que una cronología. Señala un antes y un después en la relación entre la humanidad y la Palabra escrita de Dios. Hasta ese momento, las Escrituras circulaban principalmente en forma de manuscritos copiados a mano. Eran valiosos, escasos y costosos. La Biblia existía, pero no estaba al alcance de todos. El acceso al texto sagrado era limitado, y su lectura directa no formaba parte de la vida cotidiana del creyente común.

Con la imprenta, algo cambió para siempre. No fue solo un avance tecnológico. Fue una puerta que se abrió. La Palabra comenzó a multiplicarse, a reproducirse, a viajar. Comenzó a llegar a lugares donde antes no podía llegar y a manos que antes no podían sostenerla. La Biblia impresa por Gutenberg fue la Vulgata latina, el texto bíblico usado en la Iglesia occidental de su tiempo. Aún no existía la definición del canon protestante de 66 libros ni la Reforma había ocurrido. Sin embargo, el contenido esencial del mensaje de redención ya estaba allí. Dios hablándole al hombre a través de su Palabra escrita.

Resulta significativo que este proceso no ocurriera en medio de una reforma espiritual ya establecida, sino antes. Como si Dios, en su soberanía, estuviera preparando el terreno. Primero puso la Palabra en circulación amplia; luego vendrían los movimientos que llamarían a volver a ella. Desde entonces, la Biblia se ha convertido en el Libro más leído, traducido, distribuido y perseguido de la historia. Ha sobrevivido a imperios, revoluciones, censuras y críticas. Ha sido quemada, prohibida y cuestionada, pero nunca silenciada. Generación tras generación, sigue encontrando lectores que no solo la estudian, sino que son confrontados, consolados y transformados por ella.

Pero más allá de su impacto histórico y cultural, hay una dimensión profundamente personal que no puede ignorarse. Para muchos de nosotros, este no es simplemente un libro antiguo. Es el lugar donde Dios nos habló cuando estábamos perdidos. Donde encontramos consuelo en el dolor, corrección en el error, esperanza en la oscuridad y dirección cuando no sabíamos hacia dónde ir. Pensar en la Biblia solo como “el Libro más vendido de todos los tiempos” se queda corto. Es el Libro que ha sostenido la fe de millones, que ha formado conciencias, que ha dado lenguaje a la oración y que ha anunciado, una y otra vez, el plan redentor de Dios.

Por eso, al recordar fechas como esta, no celebramos tinta o papel. Celebramos la fidelidad de un Dios que quiso revelarse y que, en su providencia, abrió caminos para que su Palabra llegara lejos y permaneciera accesible. Celebramos que hoy podemos leer lo que durante siglos muchos solo soñaron con tener. Y la pregunta inevitable sigue siendo válida: ¿qué sería de nosotros sin la Palabra de Dios en nuestras manos? Tal vez la respuesta no se encuentra en teorías u opiniones, sino en la gratitud de quien sabe que, sin ella, su historia personal habría sido muy distinta. Porque los tiempos cambian, los métodos cambian y las generaciones pasan, pero la Palabra del Señor permanece para siempre.

 
 
 

Comentarios


bottom of page