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Aprendiendo a Soñar: Dios, el Autor de los Sueños

  • Foto del escritor: Fernando Arias
    Fernando Arias
  • 20 ene
  • 6 Min. de lectura
Muchos de nosotros hemos orado por sueños, hemos hablado de propósito y hemos pedido a Dios que nos lleve a más. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a considerar de dónde nacen esos sueños y qué es lo que realmente implican. La Palabra nos muestra que no todo anhelo tiene el mismo origen ni todo sueño el mismo proceso. Algunos nacen del deseo, otros de la necesidad, y algunos de la voluntad soberana de Dios. Y cuando un sueño viene de Él, no solo apunta a un destino, sino a una transformación profunda en quien lo recibe. Este artículo nace como una invitación a mirar los sueños con mayor madurez espiritual, entendiendo que Dios está más interesado en formar al soñador que en cumplir rápidamente el sueño.

Aprendiendo a Soñar es la nueva serie que estoy compartiendo en Resplandece. Es un tiempo para alinear lo que hay en nuestro corazón con la voluntad de Dios para nuestras vidas. Puedes escuchar los podcasts en Spotify, Podcasts (Apple EOS) o YouTube: Pastor Fernando Arias
Aprendiendo a Soñar es la nueva serie que estoy compartiendo en Resplandece. Es un tiempo para alinear lo que hay en nuestro corazón con la voluntad de Dios para nuestras vidas. Puedes escuchar los podcasts en Spotify, Podcasts (Apple EOS) o YouTube: Pastor Fernando Arias
No todos los sueños nacen iguales. Aunque muchas veces los llamamos de la misma manera, su origen marca profundamente su propósito y su destino. Algunos sueños nacen del deseo, otros de la necesidad, y algunos nacen de la voluntad de Dios. Discernir esa diferencia no es un detalle menor, es una cuestión espiritual que define cómo caminamos y en qué nos estamos convirtiendo.

Los sueños que nacen del deseo surgen de lo que anhelamos profundamente como personas. Están ligados a nuestros gustos, talentos, aspiraciones y también a la forma en que nos vemos a nosotros mismos o queremos que otros nos vean. No son necesariamente malos, ni deben ser demonizados. El problema no es el deseo, sino cuando el deseo se convierte en el centro.

Estos sueños suelen estar enfocados en el yo: en lo que quiero lograr, en lo que quiero tener, en lo que quiero demostrar. Buscan realización personal, validación o reconocimiento. Por eso, cuando no se cumplen, fácilmente producen frustración.

El caso de los hijos de Zebedeo es un buen ejemplo de este tipo de sueños. Ambos querían sentarse a la derecha y a la izquierda de Jesús (Marcos 10). No estaban pidiendo algo inmoral. Querían estar cerca de Jesús, participar de Su reino. En esos tiempos, era común ver a los oficiales más importantes, sentarse a la par del rey. Pero el problema no fue el deseo en sí, sino la falta de comprensión del propósito y del costo. Jesús no los confronta con dureza, “Ustedes no saben lo que piden”. Y este es el punto: no sabemos lo que pedimos. Pedimos sueños sin dimensionar su peso, pedimos puertas abiertas sin entender lo que costará permanecer firmes al otro lado. No alcanzamos a medir el precio emocional, espiritual y hasta formativo que exige aquello que decimos anhelar. Pedimos sin saber cuánto carácter será requerido, cuánta renuncia será necesaria y cuántas veces Dios tendrá que decir “todavía no” para protegernos de llegar antes de tiempo. Ese es el meollo del asunto: no sabemos lo que pedimos, y precisamente por eso Dios no siempre responde como esperamos, sino como necesitamos.

Aquí hay una advertencia clara: no todo lo que deseamos es malo, pero no todo lo que deseamos debe gobernar nuestras decisiones. Cuando el deseo no es sometido a Dios, puede llevarnos a pedir cosas correctas por razones incorrectas.

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Los sueños que nacen de la necesidad aparecen como respuesta a una herida, una carencia o una experiencia dolorosa. No surgen tanto de lo que queremos, sino de lo que no queremos volver a vivir. Son sueños defensivos. Buscan protección, estabilidad y a veces escape.

Estos sueños suelen estar marcados por el miedo y la urgencia. Preguntan constantemente cómo salir rápido, cómo sobrevivir, cómo evitar volver a sufrir. Por eso tienden a ser acelerados, ansiosos y poco dispuestos a procesos largos. No buscan tanto propósito como alivio.

El pasaje en Juan 6 es muy claro. La multitud buscaba a Jesús no porque había entendido quién era Él, sino porque había satisfecho una necesidad inmediata: comida. Jesús no rechaza a la gente, pero sí revela su motivación. Les muestra que la necesidad los llevó a buscarlo, pero que Dios quiere llevarlos más allá de la necesidad, hacia la fe.

Esto es importante porque la necesidad puede acercarnos a Dios, pero no debe definir nuestra visión de vida. Cuando los sueños nacen únicamente del dolor no sanado, corremos el riesgo de construir el futuro desde el miedo y no desde la fe. Dios no desprecia nuestra necesidad, pero tampoco quiere que vivamos gobernados por ella.

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Los sueños que nacen en el corazón de Dios no ignoran el deseo ni la necesidad, pero no se originan en ellos. Nacen del llamado, del propósito eterno y de la soberanía de Dios. Muchas veces llegan antes de que tengamos la madurez para entenderlos y mucho antes de que tengamos la capacidad para sostenerlos.

Estos sueños tienen características claras. No nacen solo de un gusto personal, sino de un llamado. No responden únicamente a una carencia, sino a un propósito mayor. No terminan en la persona, sino que bendicen a otros y alcanzan generaciones. Y, casi siempre, requieren procesos largos, tiempos de espera y formación profunda del carácter.

José no pidió el sueño. No lo planeó. No lo diseñó estratégicamente. Simplemente soñó. Y ese sueño, que parecía hablar de exaltación, en realidad hablaba de servicio, preservación y redención. El rechazo de sus hermanos, la esclavitud y la prisión no negaron el sueño; lo prepararon.

Aquí se revela una verdad central de esta serie: Dios está más interesado en lo que el sueño hará en el soñador que en lo que el soñador hará con el sueño. El sueño no era solo para llevar a José al palacio, era para formar en él un corazón capaz de perdonar, gobernar y salvar.

Uno de los errores más comunes es pensar que, si un sueño viene de Dios, todo será sencillo. La Escritura nos muestra lo contrario. Los sueños de Dios no son cómodos. No garantizan ausencia de problemas, ni aprobación inmediata. El rechazo no invalida el sueño. La dificultad no significa que Dios se haya retirado. Muchas veces, precisamente ahí, Dios está más presente que nunca.

José es un ejemplo claro. Entre el momento en que soñó y el momento en que vio cumplido el sueño, hubo traición, esclavitud, injusticia, olvido y espera. Dios no estaba retrasando el sueño; estaba formando al soñador. El sueño permaneció intacto, pero José no. Dios lo transformó.

Aquí hay una verdad que confronta nuestra manera de pensar: un sueño que termina solo en nosotros probablemente nació solo en nosotros. Los sueños que vienen de Dios siempre son más grandes que nosotros . Bendicen a otros. Alcanzan generaciones. Apuntan al propósito, no al ego. No existen para engrandecer nombres, sino para cumplir planes divinos.

Por eso Dios está más interesado en lo que el sueño hará en nosotros que en lo que nosotros haremos con el sueño. Mientras nosotros preguntamos cuándo se va a cumplir, qué vamos a lograr, qué vamos a tener o qué vamos a hacer cuando lleguemos, Dios pregunta algo más profundo: en quién te estás convirtiendo mientras esperas, qué estoy formando en tu carácter, si puedes manejar lo que estás pidiendo, si tu corazón está listo para sostenerlo.

El sueño no es solo algo que Dios quiere darnos. Es una herramienta que Él usa para transformarnos. No acelera tiempos por ansiedad, ni cumple promesas para alimentar el orgullo. Forma primero el corazón, porque sabe que un sueño sin carácter puede convertirse en una carga, y una bendición mal sostenida puede destruir más de lo que edifica.

Aprender a soñar, entonces, no es aprender a desear más, sino a caminar con Dios mientras Él forma nuestra vida. No se trata de negar el futuro, sino de confiarlo. No se trata de apagar sueños, sino de permitir que Dios los purifique, los alinee y los use para algo mayor que nosotros mismos.

Tal vez hoy no necesitamos que Dios nos muestre un sueño nuevo. Tal vez necesitamos preguntarle qué está formando en nosotros mientras esperamos. Porque cuando el corazón está listo, el sueño no solo se cumple, sino que cumple el propósito para el cual Dios lo sembró.

 
 
 

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