La Noche Estrellada
- Fernando Arias
- 25 ene
- 3 Min. de lectura

Hay momentos en la vida espiritual en los que Dios no cambia la promesa, pero sí el lugar desde donde nos invita a mirarla. La promesa sigue intacta, fiel, firme. Lo que necesita ser confrontado no es lo que Dios dijo, sino desde dónde lo estamos escuchando y contemplando.
En esta segunda parte de la serie Aprendiendo a Soñar, titulada "La noche estrellada", somos llevados a un pasaje humano y espiritual a la vez, donde Dios no reprende, no acusa ni condena, pero sí nos llama. Es un llamado suave y firme a salir de un espacio que, aunque no es pecado, sí se ha convertido en límite y acomodamiento.
La tienda: el refugio
La tienda no representa rebeldía ni desobediencia. Representa refugio, pero también representa cansancio. Representa protección, pero también podría representar lo cómodo. En muchos momentos de nuestra vida, la tienda fue necesaria. Nos cubrió del sol intenso, del frío de la noche y de la incertidumbre del camino. No hay juicio en reconocer que hemos estado allí. El problema no es haber entrado en la tienda, sino haber aprendido a vivir en ella cuando Dios nos está llamando a salir.
Lo más peligroso de la tienda es que no se entra de golpe. Se entra de manera progresiva. Primero un pie, luego la pierna, después parte del cuerpo. Con el tiempo, casi todo nuestro ser queda dentro, y apenas una pequeña parte permanece afuera. Hasta que un día, sin darnos cuenta, ya no vemos el cielo.
Así ocurre con los temores, las decepciones, los ajustes internos que hacemos para no volver a sufrir. Poco a poco nos acomodamos a una fe más segura, más contenida, más controlada. No dejamos de creer, pero dejamos de mirar. Desde allí, Dios no le habló a Abram para señalarle su encierro, sino para invitarlo a una nueva perspectiva. El llamado fue claro: salir. No para avergonzarlo, sino para mostrarle algo que desde adentro no podía ver.
La fe no se pierde en la tienda, pero se limita. Hay promesas que no se entienden sentados y encerrados, hay visiones que no se perciben desde espacios reducidos. El cielo estrellado no se aprecia desde la comodidad del refugio, sino desde la intemperie de la confianza.
Siendo honesto, debo reconocer que salir de la tienda implica vulnerabilidad. Implica exponerse otra vez a preguntas sin respuesta inmediata. Implica reconocer que el control que sentimos adentro es solo una ilusión. Pero también implica volver a levantar la mirada y permitir que Dios ensanche nuestra visión.
La noche estrellada
Dios no mostró a Abram un plano, ni un cronograma, ni detalles técnicos. Le mostró el cielo. Le recordó que la promesa no estaba limitada por su edad, por su historia ni por sus circunstancias actuales. La noche estrellada no fue un adorno poético, fue una pedagogía celestial.
Dios ensancha el corazón antes de cumplir la promesa. Ensancha la mirada antes de ensanchar la herencia. Porque mientras el corazón siga pequeño, la promesa parecerá imposible. Muchos no han dejado de creer en Dios, pero han dejado de creerle. No porque dudan de Su poder, sino porque han aprendido a vivir mirando solo lo que está a la altura de la tienda.
El mensaje "La Noche Estrellada" no es una confrontación, sino una invitación. Tal vez no estás en pecado. Tal vez no estás lejos. Tal vez solo estás demasiado adentro. Dios te sigue llamando, con paciencia y fidelidad, a salir. A levantar la mirada. A volver a contar estrellas. A recordar que lo que Él prometió no depende de la protección que construimos, sino de la fidelidad que Él sostiene.
Aprender a soñar no es aprender a imaginar, sino aprender a obedecer. A salir cuando Dios llama. A mirar cuando Dios señala. A confiar cuando la noche parece larga. Esta fue a penas la 2a parte de la serie. Dios sigue hablando y el próximo domingo lo hará una vez más.



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