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Entre el Sueño y la Palabra

  • Foto del escritor: Fernando Arias
    Fernando Arias
  • hace 2 días
  • 4 Min. de lectura

La Biblia no nos muestra a un Dios lejano o callado, sino a un Dios que se comunica con Su pueblo y lo guía. A lo largo de las Escrituras vemos que Dios habla de muchas maneras, y una de ellas son los sueños, aunque siempre dentro de límites claros.

El problema no es que Dios hable por sueños, el problema surge cuando los sueños se colocan fuera del marco que Dios mismo estableció. Fuera de su autoridad y fuera de Su Palabra. Por eso, más que aprender a soñar, necesitamos aprender a discernir. La Escritura nos enseña que no todo sueño es bíblico, pero todo sueño que viene de Dios será bíblico. Esta verdad nos guarda de dos extremos: negar que Dios hable y creer cualquier cosa que parezca espiritual. Con los pies en la tierra y el corazón abierto a Dios.

La Palabra como autoridad suprema
Uno de los principios más claros en la Biblia es que la Palabra de Dios tiene autoridad por encima de cualquier experiencia espiritual. Isaías lo expresó con firmeza cuando dijo: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isaías 8:20). Dios no se contradice a Sí mismo, así que nunca dará un sueño que niegue Su carácter, Su voluntad revelada o Sus propósitos eternos. Porque los sueños no interpretan la Palabra; la Palabra juzga los sueños.

José: de soñador a intérprete
La historia de José ilustra este principio con claridad. José no fue únicamente un soñador; con el tiempo, Dios lo formó como intérprete. De hecho, José cumple más el rol de intérprete que de soñador. Sus primeros sueños (Génesis 37) fueron reales, pero inmaduros en su comprensión. No fue sino hasta después del proceso (unos capítulos más tarde), que Dios le confió la interpretación de sueños, tanto ajenos como propios. José mismo reconoció esta verdad cuando dijo: “¿No son de Dios las interpretaciones?” (Génesis 40:8) y más tarde: “No está en mí; Dios será el que dé respuesta propicia” (Génesis 41:16). Por eso, Dios no solo da sueños, da entendimiento. Y ese entendimiento siempre apunta a un futuro mejor.

El “para qué” de Dios
Uno de los rasgos más hermosos de la revelación bíblica es que Dios no solo actúa, sino que revela el propósito de Su actuar. En el caso de José, el “para qué” se vuelve evidente al final del relato. Cuando José se revela a sus hermanos, declara: “Dios me envió delante de vosotros para preservación de vida” (Génesis 45:5). Y al cerrar su historia, resume todo diciendo: “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para mantener en vida a mucho pueblo” (Génesis 50:20). El sueño nunca fue José. El sueño siempre tuvo nombre y rostro: personas, familias, vidas preservadas.

Los sueños de Dios siempre incluyen personas
Uno de los principios más importantes para discernir los sueños que vienen de Dios es entender que Dios no sueña en solitario. Cuando Dios pone un sueño en el corazón de alguien, ese sueño casi siempre incluye a otros. No se trata únicamente de lo que Dios hará en nosotros, sino de lo que desea hacer a través de nosotros. Los sueños de Dios no existen para encerrar al creyente en su propio bienestar, sino para colocarlo como un canal de bendición que alcanza a familias, comunidades y aun a generaciones enteras.

Durante un mensaje que prediqué en Resplandece, invité a la congregación a cerrar los ojos e imaginar aquello que Dios ha puesto en sus corazones. Al hacerlo, algo se hizo evidente: en casi todos esos sueños aparecían personas. Esto no es casualidad. Es una señal de cómo Dios obra. Dios enmarca a personas correctas en lugares correctos y en tiempos correctos, porque Su propósito no se limita a cumplir deseos personales, sino a ordenar vidas, relaciones y destinos conforme a Su voluntad.

La historia de José lo confirma. El sueño que Dios le dio no terminó en una posición de poder, sino en mesas llenas, familias restauradas y vidas preservadas. Así son los sueños de Dios: comienzan en un corazón, pero siempre terminan bendiciendo a muchos.

¿Y nuestros sueños hoy?
Dios no limitó los sueños a los personajes bíblicos. Joel profetizó que vendría un tiempo en el que los ancianos soñarían sueños y los jóvenes verían visiones (Joel 2:28). Dios sigue siendo el mismo. Sin embargo, los principios no han cambiado. Soñar con un matrimonio restaurado, con provisión digna, con un hogar estable, con un ministerio que edifique o con un futuro mejor no es antibíblico ni carnal. El problema no está en soñar; está en soñar sin someter esos sueños a Dios y a Su Palabra.

La Escritura nos llama a encomendar nuestros caminos al Señor (Proverbios 16:3) y a buscar primeramente Su Reino (Mateo 6:33). Dios no apaga los sueños del corazón; los ordena, los purifica y los alinea con Su propósito.

Entre el Sueño y la Palabra no hay competencia. Hay orden. La Palabra gobierna; el sueño acompaña. Cuando Dios da un sueño, no lo hace para confundir, aislar o exaltar al soñador, sino para cumplir un propósito que bendice a otros y glorifica Su nombre. Aprender a soñar, entonces, no es aprender a perseguir experiencias, sino aprender a caminar con discernimiento, humildad y reverencia delante de Dios.

 
 
 

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