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¿Dónde están puestos nuestros ojos?

  • Foto del escritor: Fernando Arias
    Fernando Arias
  • hace 13 horas
  • 4 min de lectura

Desde que era niño he disfrutado mucho ver un Mundial de fútbol. Hay algo especial en esos momentos que trasciende el deporte: familias reunidas, conversaciones, recuerdos que se forman alrededor de una pantalla y una emoción que, por unos días, conecta a personas de diferentes lugares del mundo.


Hoy tengo la oportunidad de vivirlo de una manera diferente. Ya no soy aquel niño que veía los partidos con la emoción de descubrir cada jugada, ahora lo veo junto a mi familia, junto a mis hijos, disfrutando no solamente del juego, sino también de esos momentos que se convierten en recuerdos. Es interesante cómo algunas cosas permanecen con nosotros a través de los años, pero también cómo cambia nuestra perspectiva cuando las vivimos desde una nueva etapa de la vida.


Mientras veía uno de los primeros partidos de esta Copa Mundial 2026, hubo algo que llamó profundamente mi atención. Más allá de los equipos, los jugadores o el ambiente del estadio, pensé en una realidad sencilla pero poderosa: millones de ojos alrededor del mundo están puestos en un mismo punto. No importa quién tenga el balón, no importa qué jugador sea protagonista en ese momento, todos miran hacia donde está la pelota.


El balón tiene una capacidad extraordinaria de captar la atención. Cuando está en movimiento, todo gira alrededor de él. Los jugadores se posicionan según su ubicación, las decisiones se toman en relación con él y la emoción del juego depende de dónde se encuentra. Si el balón sale del campo, aunque los jugadores sigan allí, aunque el estadio siga lleno y las cámaras continúen grabando, algo esencial se detiene. El juego pierde sentido hasta que aquello que le da propósito vuelve a estar presente. Y mientras pensaba en eso, recordé una verdad espiritual que muchas veces olvidamos: nuestra vida también necesita un centro.


La humanidad está constantemente en movimiento. Tomamos decisiones, perseguimos metas, construimos proyectos, enfrentamos desafíos y buscamos respuestas. Hay mucho movimiento alrededor de nosotros, pero la pregunta más profunda es: ¿hacia dónde estamos mirando? Jesús dijo: “Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:21)


Aquello que captura nuestra mirada con el tiempo comienza a dirigir nuestro corazón. Lo que ocupa nuestra atención termina influyendo en nuestras decisiones, en nuestras prioridades y en la manera en que interpretamos la vida. Por eso la Escritura nos llama a poner nuestros ojos en Cristo: “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe...” (Hebreos 12:2) Esta expresión tiene una profundidad especial. No se trata simplemente de pensar en Jesús ocasionalmente o incluirlo como una parte más de nuestra vida. Se trata de reconocer que Él es el centro que da sentido a todo lo demás. Así como un partido necesita un balón para tener dirección, nuestra existencia necesita a Cristo para encontrar su verdadero propósito.


Muchas veces no perdemos el camino porque dejamos de avanzar, sino porque dejamos de mirar correctamente. Podemos estar ocupados, podemos estar haciendo muchas cosas, incluso cosas buenas, pero si nuestra mirada se aparta del Jesús, corremos el riesgo de movernos mucho sin saber realmente hacia dónde vamos.


Eso fue lo que ocurrió con Pedro cuando caminó sobre el agua. Mientras miraba a Jesús, avanzaba en medio de una situación imposible. Pero cuando cambió su enfoque hacia el viento y las circunstancias, comenzó a hundirse (Mateo 14:29-30). La tormenta no apareció cuando dejó de mirar a Jesús, la tormenta ya estaba allí. Lo que cambió fue la dirección de su mirada. Aquí encontramos una enseñanza: vivimos rodeados de noticias, incertidumbre, conflictos, cambios y muchas voces intentando captar nuestra atención. El mundo constantemente nos dice dónde mirar, qué temer y qué perseguir. Pero la invitación de Dios permanece: volver nuestros ojos a Cristo. La Biblia declara: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá...” (Apocalipsis 1:7)


El Mundial nos permite ver una pequeña imagen de cómo millones de personas pueden estar concentradas en un mismo punto al mismo tiempo. Pero esa imagen es solamente una sombra de una realidad mucho mayor. Llegará el momento en que no será un balón el centro de la mirada del mundo, sino Jesucristo mismo. Ese día no dependerá de una transmisión, de un estadio o de una nación. No habrá fronteras, idiomas ni diferencias que puedan ocultar su presencia. La historia llegará a ese momento donde todos reconocerán que Cristo siempre fue el verdadero centro de todas las cosas.


Hoy caminamos por fe: “Porque por fe andamos, no por vista” (2 Corintios 5:7). Pero llegará el momento en que aquello que hoy creemos será aquello que veremos. La esperanza de los hijos de Dios no está basada solamente en una idea, sino en una promesa: Jesús volverá. Por eso cada día es una oportunidad para entrenar nuestra mirada. Para aprender a ver más allá de las circunstancias, más allá de nuestras preocupaciones y más allá de aquello que intenta ocupar el lugar que solamente le pertenece a Dios.


Así como los jugadores necesitan saber dónde está el balón para responder correctamente dentro del campo, nosotros necesitamos saber dónde está Cristo para caminar correctamente en la vida. Porque cuando Cristo está en el centro, todo encuentra su lugar.


Un día, todo ojo le verá. Y cuando ese momento llegue, no será necesario que alguien nos diga hacia dónde mirar. Toda la creación tendrá la misma dirección: Jesucristo, el Rey que siempre estuvo en el centro. La pregunta que queda para nosotros hoy es sencilla, pero profunda: ¿dónde están puestos nuestros ojos? Porque aquello que dirige nuestra mirada terminará guiando nuestra vida.

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