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El Camino de Misericordia: un camino para los cansados y desesperanzados

  • Foto del escritor: Fernando Arias
    Fernando Arias
  • hace 4 días
  • 5 Min. de lectura
Jerusalén era una ciudad llena de vida religiosa. Sus calles se llenaban de peregrinos en los días de fiesta, las escalinatas del templo recibían a miles de personas, y el sonido de las oraciones y de los sacrificios formaba parte del ritmo cotidiano de la ciudad. Para muchos, Jerusalén representaba el centro espiritual del pueblo de Israel, el lugar donde Dios era honrado y donde la esperanza se renovaba.

En ese contexto, el evangelio de Juan nos presenta una escena profundamente reveladora. Después de un viaje largo, Jesús llega a Jerusalén para participar en una de las fiestas judías. Sin embargo, en lugar de dirigirse primero a los lugares de prestigio religioso, decide detenerse en un lugar donde el sufrimiento humano era imposible de ignorar.

Juan escribe:
"Después de estas cosas había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén. Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos." (Juan 5:1-2)

El nombre Betesda es profundamente significativo. Proviene de la palabra hebrea beit, que significa casa. Este término aparece con frecuencia en la Biblia para describir no solo un lugar físico, sino también un espacio de pertenencia, familia o linaje. Así encontramos nombres conocidos: Betel, casa de Dios.Betsaida, casa de pesca.Belén, casa de pan.Betesda, casa de misericordia.

Sin embargo, la escena que describe Juan parece, a primera vista, contradecir ese nombre. El evangelista continúa diciendo:

"En éstos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos." (Juan 5:3)

La llamada casa de misericordia era, en realidad, un lugar donde el sufrimiento se acumulaba. Los pórticos del estanque se habían convertido en refugio para quienes habían agotado todas sus fuerzas. Allí se reunían los que no podían ver, los que no podían caminar y los que dependían completamente de otros para sobrevivir. La palabra enfermedad, en su sentido más profundo, describe precisamente esa condición. No se trata solamente de un padecimiento físico. Implica la pérdida de firmeza, la ausencia de fuerza, la incapacidad de sostenerse por uno mismo.

Betesda era, en cierto sentido, un retrato de la humanidad cansada. Entre todos los enfermos, Juan destaca a uno en particular.

"Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo." (Juan 5:5)

Treinta y ocho años es más que una temporada difícil. Es prácticamente una vida entera marcada por la limitación. Es suficiente tiempo para que la esperanza se desgaste, para que los sueños se desvanezcan y para que una persona llegue a aceptar su condición como algo irreversible. Aquel hombre no solo estaba enfermo. Estaba agotado de esperar. Sin embargo, el texto introduce un detalle que cambia completamente el rumbo de la historia.

"Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?" (Juan 5:6)

La primera manifestación de la misericordia es sorprendentemente simple. Jesús se fija en él. En medio de la multitud, Jesús lo ve. No lo ignora, no lo pasa por alto, no lo trata como un caso más entre muchos. La misericordia de Dios comienza cuando su mirada se detiene en nuestra condición. Lo que sigue en la conversación revela algo aún más profundo. El hombre no responde con un sí. En lugar de eso dice:

"Señor, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo." (Juan 5:7)

Su respuesta no es una declaración de fe, sino una explicación llena de frustración. Durante años había observado cómo otros lograban llegar primero al agua. Había visto milagros ocurrir frente a sus ojos, pero siempre desde la distancia. Cada intento terminaba con alguien adelantándose. Cada esperanza terminaba en una nueva decepción. Su problema ya no era solamente la enfermedad. También era el abandono y la impotencia.

"No tengo a nadie."

Esa frase revela una mentalidad profundamente arraigada. Había aprendido a interpretar su vida a través de la ausencia. Sin ayuda, sin oportunidad, sin posibilidad. Muchas veces ocurre lo mismo en la vida espiritual. Cuando una crisis se prolonga demasiado, la mente comienza a construir una narrativa de imposibilidad. La persona llega a decir, incluso delante de Dios: veo cómo obras en otros, pero déjame explicarte por qué conmigo no es posible. Estamos tan enfocados en nuestra crisis que se nos dificulta reconocer la gracia de Dios cuando se acerca. Pero en ese momento comienza a revelarse el verdadero camino de la misericordia.

Jesús no discute con sus argumentos. Tampoco valida su resignación. Simplemente dice:

"Levántate, toma tu lecho, y anda." (Juan 5:8)

La misericordia de Dios no siempre se presenta como un consuelo pasivo. A veces confronta el momento presente de nuestra vida. El primer movimiento que Jesús le pide no es caminar, sino levantarse. Levantarse implica vencer la autocompasión que se ha acumulado durante años. Significa aceptar que algo nuevo está comenzando, aun cuando el pasado haya estado marcado por la parálisis.

El texto continúa:

"Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo." (Juan 5:9)

El milagro ocurre inmediatamente. Sin agua moviéndose. Sin ángel descendiendo.Sin competencia con otros enfermos. Jesús rompe completamente el esquema que el hombre había construido durante décadas. No lo manda al estanque.No espera el momento religioso adecuado. No sigue el patrón que todos esperaban. Simplemente habla. La palabra de Cristo produce lo que ordena. Sin embargo, el relato introduce una tensión inesperada.

"Y era día de reposo aquel día." (Juan 5:9, RVR1960)

Los líderes religiosos confrontan al hombre por cargar su camilla en sábado. En lugar de celebrar el milagro, se enfocan en la infracción de una norma. El hombre responde de una manera sencilla:

"El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda." (Juan 5:11)

Curiosamente, el texto añade un detalle final.

"Y el que había sido sanado no sabía quién fuese, porque Jesús se había apartado de la gente que estaba en aquel lugar." (Juan 5:13)

El milagro ocurrió antes de que el hombre supiera plenamente quién era Jesús. Esto revela algo profundamente interesante. La misericordia de Dios muchas veces llega antes de que nuestra teología esté completamente formada. Antes de que entendamos todos los detalles, antes de que podamos explicar todo lo que está ocurriendo, Dios ya ha comenzado a obrar. En este episodio aparecen tres verdades que iluminan el camino de la misericordia.

  • La primera es que la misericordia de Dios nos alcanza incluso cuando nuestras excusas parecen razonables.

  • La segunda es que la misericordia confronta nuestra autocompasión y nos invita a levantarnos.

  • La tercera es que la misericordia cambia nuestras expectativas. El paralítico esperaba un ángel que moviera el agua. Lo que encontró fue al Hijo de Dios caminando entre los hombres.

Al final, en Salmos vemos una verdad que resume todo este encuentro:

"Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán." (Salmos 63:3)

La misericordia de Dios es tan valiosa que supera incluso el don de la vida física. Porque no solo restaura el cuerpo. También restaura la esperanza. Todavía hoy existen personas que han dejado de esperar. Personas que no recuerdan cuándo fue la última vez que sintieron fuerzas para levantarse. Pero el camino de Cristo sigue pasando por los lugares donde el dolor humano es más evidente. Y cuando la misericordia de Dios llega, muchas veces comienza con algo tan sencillo y tan poderoso como esto: Jesús se fija en nosotros. Y en ese momento, todo puede comenzar a cambiar.
 
 
 

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