Lo Que Dios Hace Mientras Esperas: disfruta el viaje
Fernando Arias
hace 3 minutos
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Muchas veces simplificamos la espera a un tiempo incómodo entre una petición y su respuesta. Oramos, esperamos que algo cambie y, mientras tanto, sentimos que estamos atrapados en un paréntesis espiritual. Pensamos que lo verdaderamente importante ocurrirá cuando finalmente recibamos aquello que hemos pedido, y que mientras tanto solamente debemos soportar el proceso. Pero quizá hemos entendido mal la espera.
Desde la perspectiva de Dios, la espera no es necesariamente un espacio vacío entre nuestra petición y la respuesta. Muchas veces, la espera ya es parte de la respuesta. Mientras nosotros estamos concentrados en aquello que todavía no sucede, Dios puede estar trabajando en nuestro carácter, en nuestra confianza, en nuestras motivaciones y en nuestra manera de relacionarnos con Él.
Por eso, una de las preguntas más importantes durante una temporada de espera no es solamente: “¿Cuándo va Dios a responder?”. También deberíamos preguntarnos: “¿Qué quiere Dios formar en mí mientras espero?”
La vida de David nos ayuda a comprenderlo. Samuel lo ungió como futuro rey de Israel, pero entre aquella unción y el trono hubo años de anonimato, servicio, persecución y aprendizaje. David tenía la promesa, pero todavía no tenía la madurez necesaria para ejercer aquello que Dios había anunciado. En una ocasión tuvo la oportunidad de terminar con su espera. Saúl, quien lo perseguía para matarlo, quedó completamente vulnerable delante de él. Sus hombres incluso interpretaron aquella circunstancia como una oportunidad provista por Dios. Sin embargo, David decidió no tomar por la fuerza aquello que Dios le había prometido.
David necesitaba aprender no solamente cómo llegar al trono, sino cómo llegar al trono sin convertirse en otro Saúl. La espera estaba formando en él algo que el trono, por sí mismo, jamás habría podido formar. Esto también puede suceder con nosotros. Hay cosas que pedimos a Dios que pueden ser buenas, pero para las cuales quizá todavía no estamos preparados. Una posición sin carácter puede destruir a quien la ocupa. Una responsabilidad recibida antes de tiempo puede terminar dañando a otros. Incluso una bendición puede convertirse en una carga cuando llega a manos de alguien que todavía no ha aprendido a administrarla. A veces pensamos que Dios está diciendo “no”, cuando quizá simplemente está diciendo “todavía no”.
Abraham y Sara experimentaron algo parecido. Dios había prometido darles un hijo, pero los años pasaron y la promesa parecía cada vez más distante. En medio de la espera intentaron producir por sus propios medios aquello que Dios había prometido hacer. Nació Ismael, pero también surgieron conflictos y heridas dentro de la familia. El problema no era que Abraham quisiera la promesa. El problema fue que quiso acelerarla.
Esa sigue siendo una de nuestras grandes tentaciones. Cuando Dios tarda, intentamos ayudarlo. Cuando una puerta no se abre, buscamos otra manera de entrar. Cuando la respuesta no llega, comenzamos a construir nuestra propia respuesta.
La impaciencia puede llevarnos a tomar decisiones que después tendremos que administrar durante mucho tiempo. Por eso, esperar en Dios no significa permanecer pasivos; significa aprender a actuar sin intentar ocupar el lugar de Dios. Una promesa de Dios no necesita nuestra desesperación para cumplirse. La espera tiene otra función: nos muestra qué es lo que realmente estamos buscando. Mientras las respuestas llegan rápidamente, podemos pensar que nuestra fe está puesta en Dios. Pero cuando pasan los meses y nada cambia, aparece una pregunta más profunda: ¿quiero a Dios o quiero lo que Dios puede darme?
Habacuc llegó a un punto de madurez extraordinario cuando declaró que, aunque no hubiera fruto en los campos, él seguiría alegrándose en Jehová. Sus circunstancias no habían mejorado, pero su confianza ya no dependía de ellas. Esa es una de las obras más profundas que puede producir la espera. Dios nos lleva de una fe centrada en la respuesta a una fe centrada en Él. Al principio queremos que Dios cambie nuestra circunstancia; con el tiempo comenzamos a comprender que nuestra mayor necesidad puede ser aprender a permanecer firmes mientras la circunstancia todavía no cambia.
Cuando Dios parece guardar silencio
Uno de los aspectos más difíciles de esperar es el silencio. Oramos, buscamos dirección y seguimos sin comprender qué está sucediendo. Entonces podemos cometer el error de interpretar el silencio como ausencia.
Mientras predicaba este mensaje a nuestra congregación, compartí una imagen sencilla que, con el tiempo, he encontrado cada vez más significativa: la de un niño sentado en el asiento de atrás mientras su papá conduce el vehículo. El niño puede mirar por la ventana y ver el camino que tienen delante, pero no conoce el destino. No sabe por qué su padre toma una determinada calle, por qué reduce la velocidad, por qué decide cambiar de ruta o cuánto falta para llegar. Él solamente puede ver una pequeña parte del trayecto; su papá, en cambio, conoce el destino y sabe cómo llegar. El niño no tiene que entender cada decisión del conductor para sentirse seguro. Puede mirar por la ventana, conversar, descansar, disfrutar del paisaje y simplemente confiar en que papá sabe a dónde van y qué debe hacer para llegar seguros. Su responsabilidad no es conducir el vehículo ni intentar corregir la ruta. Su responsabilidad es confiar en quien está al volante.
Así somos muchas veces nosotros con Dios. Vemos el camino, pero no conocemos el destino. Vemos lo que está sucediendo hoy, pero Dios conoce aquello que todavía no podemos ver. Nosotros podemos sentir que una curva no tiene sentido, que una demora es innecesaria o que deberíamos estar tomando otra dirección. Sin embargo, Dios no está improvisando el camino. Él conoce el destino y también conoce el camino que necesitamos recorrer para llegar allí.
Queremos saberlo todo, controlar cada giro y anticipar cada circunstancia, cuando nuestra confianza debería estar puesta en Aquel que conduce nuestra vida. No necesitamos comprender cada tramo del camino para saber que estamos en buenas manos. Dios está en control. Tú no tienes que conocer todo el camino. Confía en quien sí conoce el destino y disfruta el viaje.
Que no podamos ver lo que Dios está haciendo no significa que Dios no esté trabajando. Isaías dice que “los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas”. Es significativo que el énfasis no esté únicamente en recibir aquello que esperamos, sino también en recibir fuerzas para continuar. Hay ocasiones en las que Dios cambia la circunstancia; en otras, primero fortalece a la persona que está atravesándola.
No podemos afirmar que toda demora significa que Dios está preparando exactamente aquello que deseamos. La Biblia no nos promete que todas nuestras peticiones tendrán la respuesta que imaginamos. Pero sí podemos confiar en el carácter de Dios. Su fidelidad no disminuye porque no entendamos sus tiempos, y su presencia no depende de nuestra capacidad para percibirla.
No desperdicies la espera
Quizá hoy estás esperando una respuesta, una oportunidad, una restauración o un cambio. Puede que lleves tanto tiempo esperando que hayas comenzado a pensar que Dios se olvidó de ti. No quiero ofrecerte una explicación sencilla para un proceso que quizá está siendo profundamente difícil. Hay esperas que duelen porque aquello que esperamos realmente importa. Pero mientras esperas, puedes hacer una pregunta diferente: “Señor, ¿qué quieres formar en mí durante este proceso?”
Tal vez la puerta que deseas todavía no se ha abierto porque Dios está preparando una oportunidad. Pero también puede ser que esté preparando tu carácter para cuando esa oportunidad llegue. Tal vez estás esperando que cambie una circunstancia, mientras Dios está trabajando en la persona que tendrás que ser cuando finalmente cambie.
No sabemos cuánto durará cada espera, ni podemos explicar todos los silencios de Dios. Pero podemos confiar en que nuestra vida no está fuera de sus manos. Quizá algún día, cuando miremos hacia atrás, comprenderemos que la espera no fue simplemente el tiempo que Dios tardó en responder. La espera también era parte de la respuesta.
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