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¿Por qué Jesús dijo “Dios mío, por qué me has desamparado”?

  • Foto del escritor: Fernando Arias
    Fernando Arias
  • hace 3 días
  • 4 Min. de lectura

Qué palabra tan profundas expresó Jesús desde la cruz. Y es que hay palabras que no solo se escuchan, sino que se sienten. Frases que atraviesan el tiempo y siguen resonando en la historia. Entre todas las declaraciones pronunciadas en la cruz, ninguna resulta tan solemne y tan desconcertante como este clamor de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Salmo 22:1; Mateo 27:46).

A primera vista, estas palabras podrían parecer una grieta en la comunión entre el Padre y el Hijo. Podrían apuntar a distancia, abandono o incluso a una ruptura. Sin embargo, cuando nos al texto, descubrimos que no estamos frente a una declaración de derrota, sino ante una de las revelaciones más profundas del evangelio.

Jesús no está hablando sin propósito. Y esto es lo que casi siempre se nos escapa cuando hablamos sobre las palabras de Jesús en la cruz. Él está citando las Escrituras. Está llevando a la cruz el Salmo 22. Hace un tiempo aprendí que en la tradición hebrea, citar la primera línea de un salmo implicaba traer a la memoria todo su contenido. Ese salmo comienza con angustia, pero termina en victoria, en adoración y en proclamación a las naciones de que Dios reina y ha actuado. Aquí te dejo el verso 1:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?” (Salmo 22:1)

Sin embargo, esto no disminuye la intensidad del momento. Jesús está sufriendo realmente. No se trata de una expresión simbólica ni de un recurso literario. Es el Hijo de Dios, hecho hombre, experimentando en su humanidad el peso total del pecado. La Escritura declara: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (2 Corintios 5:21). Este no es solo un acto legal, es una experiencia real. Cristo está entrando en la oscuridad que el pecado produce. En ese sentido, el clamor de la cruz revela una verdad: el abandono que Jesús expresa no es una ilusión emocional, sino la carga real de la separación que el pecado provoca. El pecado siempre rompe la comunión. Siempre introduce distancia. Y en la cruz, Jesús toma sobre sí mismo esa consecuencia. Algo que él nunca había experimentado.

No obstante, es necesario afirmar con claridad que esto no implica una ruptura en la Trinidad ni una interrupción del amor del Padre hacia el Hijo. La unidad entre ellos permanece. Pero en el misterio de la encarnación, el Hijo experimenta en su naturaleza humana lo que significa ser tratado como portador del pecado. El justo es contado como injusto. El Santo entra en el silencio que el pecador merece. Y ese silencio es real. En medio de este escenario, algunos han expresado que el Padre “le dio la espalda” al Hijo en la cruz. Aunque esta frase intenta describir la intensidad del momento, es importante entenderla. La Escritura no afirma que la Trinidad se haya fracturado ni que el amor del Padre hacia el Hijo haya cesado. Más bien, lo que vemos es al Hijo experimentando en su humanidad el peso real del pecado y el juicio que este conlleva. Así lo explico yo: fue el silencio del cielo, no la ausencia de Dios; fue el justo siendo tratado como pecador, no el Hijo dejando de ser uno con el Padre. En ese misterio, Cristo entra plenamente en nuestro lugar, cargando el abandono que nosotros merecíamos, sin que por ello se rompa la comunión eterna dentro de la Deidad.

En aquel momento no hay respuesta audible desde el cielo. No hay alivio inmediato. No hay intervención visible. El Hijo clama, y el cielo guarda silencio. Pero incluso en ese silencio, hay una verdad que no debe pasarse por alto: Jesús dice “Dios mío”. Aun en la oscuridad, hay relación. Aun en el dolor más profundo, hay pertenencia. No es un grito de desesperación sin rumbo, es un clamor dirigido al Padre.

Mientras todo esto ocurre, la creación misma parece responder a la magnitud de ese instante. Los evangelios registran que desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena (Mateo 27:45). No se trata únicamente de un fenómeno natural. En el lenguaje bíblico, las tinieblas suelen asociarse con juicio, con el peso del pecado y con la manifestación solemne de la intervención divina. Es como si el cielo mismo se vistiera de luto. Al momento de su muerte, la tierra tembló y las rocas se partieron (Mateo 27:51). La creación no permanece indiferente. Aquello que está ocurriendo en la cruz sacude no solo la historia humana, sino también el orden de la creación. Cuando Dios actúa, la tierra tiembla. Algo está siendo confrontado, y algo nuevo está comenzando.

El velo del templo, además, se rasga en dos de arriba abajo (Mateo 27:51), señalando que el acceso a Dios ha sido abierto. Lo que antes estaba separado ahora es reconciliado. La barrera ha sido removida. Todo esto nos conduce a una comprensión más profunda: el clamor de Jesús no es solo la expresión de su dolor, es nuestra redención. Él entra en la noche más oscura para que nosotros podamos vivir en la luz. Él experimenta el abandono que nosotros merecíamos, para que nosotros podamos ser recibidos.

Aquí la cruz deja de ser un evento distante y se vuelve profundamente personal. Porque todos, en algún momento, conocemos lo que es sentir silencio, distancia o aparente ausencia de Dios. Momentos donde la fe es probada y el alma parece no encontrar respuesta. Sin embargo, hay una diferencia fundamental: nosotros podemos sentirnos abandonados, pero Cristo fue verdaderamente desamparado en nuestro lugar. Y lo hizo voluntariamente.

Así que el Salmo 22 que comienza con un clamor de angustia concluye con una afirmación de esperanza: “No menospreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó a él, le oyó” (Salmo 22:24). La historia no termina en abandono, sino en respuesta, en vindicación y en victoria. Por eso, la cruz no representa el fin de la comunión, sino el precio de su restauración. Cuando Jesús pronuncia estas palabras, no está perdiendo la fe. Está cumpliendo el plan eterno de redención. Está bebiendo la copa hasta el final. Está ocupando el lugar que nos correspondía, para que nosotros podamos vivir con la certeza de que, aun en medio del silencio, nunca estamos realmente solos.

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