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Una sola historia

Foto del escritor: Fernando Arias
Fernando Arias
hace 4 minutos
4 min de lectura

Hace algunos días me quedé pensando en una expresión que escuchamos con bastante frecuencia: “estamos en la época del Nuevo Testamento”. Y mientras más lo pienso, menos me convence la manera en que solemos utilizarla.

Entiendo perfectamente lo que queremos decir cuando hablamos así. Históricamente, el Antiguo y el Nuevo Testamento corresponden a momentos distintos dentro de la historia bíblica. Pero una cosa es utilizar esa expresión para ubicarnos en el tiempo y otra es comenzar a pensar que estamos viviendo en una especie de “época” que dejó atrás todo lo anterior. Creo que ahí podemos perdernos un poco.

No estamos viviendo una historia nueva que comenzó cuando llegó el Nuevo Testamento. Estamos viviendo dentro de la misma historia que Dios comenzó a revelar desde el principio y que fue tomando forma a lo largo de las Escrituras hasta llegar a Jesucristo.

Cuando uno lee la Biblia, empieza a darse cuenta de que las cosas están mucho más conectadas de lo que a veces pensamos. Las promesas, los pactos, las profecías, la historia de Israel, los sacrificios, las figuras y hasta muchas de las preguntas que aparecen en el Antiguo Testamento van preparando el camino para algo que todavía no se había manifestado completamente. Y ese algo tiene un nombre: Jesús.

Por eso Jesús no apareció en la historia como quien viene a comenzar un proyecto completamente diferente. Él mismo dijo que no había venido para abolir la Ley y los Profetas, sino para cumplirlos (Mateo 5:17). Después de Su resurrección, cuando caminó con los discípulos hacia Emaús, les explicó cómo las Escrituras hablaban de Él. Es decir, lo que estaba ocurriendo no era una ruptura con la historia anterior. Era el cumplimiento de una historia que Dios había venido desarrollando desde mucho antes. Esto también me hace pensar en otro error que podemos cometer fácilmente: creer que, porque estamos bajo el Nuevo Pacto, el Antiguo Testamento dejó de tener algo que decirnos.

Por supuesto que no todo lo que fue establecido bajo el Antiguo Pacto se aplica hoy de la misma manera. La venida de Jesús cambió la relación del pueblo de Dios con la Ley, y nuestra salvación no depende de cumplir aquellos mandamientos como medio para ser justificados delante de Dios. Eso es parte fundamental del mensaje del evangelio. Pero decir que algo ya no funciona como pacto no significa decir que dejó de tener valor como Escritura.

El Antiguo Testamento todavía nos habla. Nos muestra quién es Dios. Nos permite ver Su paciencia, Su justicia, Su misericordia y Su fidelidad. Nos muestra también lo que ocurre cuando el ser humano se aleja de Dios, cuando intenta vivir a su manera o cuando olvida las consecuencias de sus decisiones. Allí encontramos historias que siguen confrontándonos y consolándonos porque, aunque hayan ocurrido hace miles de años, el corazón humano no ha cambiado tanto como creemos.

Pablo dice que toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, corregir e instruir (2 Tim. 3:16). No dijo solamente “la parte que estamos viviendo ahora”. Habló de la Escritura. Por eso tampoco me parece apropiado hablar del Antiguo Testamento como si fuera simplemente “lo que Dios hacía antes” y del Nuevo como “lo que Dios hace ahora”. Dios no cambió de propósito. Lo que cambió fue la manera en que Su propósito fue siendo revelado hasta llegar a su momento culminante en Cristo.

Y aquí hay algo que para mí resulta especialmente importante... sí, estamos bajo la gracia. Sí, hemos recibido la salvación por medio de Jesucristo. Sí, vivimos bajo el Nuevo Pacto. Pero la gracia no nació en el Nuevo Testamento. Dios no comenzó a ser misericordioso cuando llegamos a Mateo.

Lo que sucede en Cristo es que aquello que se había anunciado durante mucho tiempo se hace visible de una manera que ya no puede confundirse. En Jesús vemos claramente el propósito redentor de Dios. Lo que antes era promesa ahora tiene cumplimiento. Lo que durante generaciones fue esperado, ahora tiene un rostro. Por eso prefiero pensar que estamos viviendo en el tiempo del cumplimiento, aunque todavía haya cosas que esperamos. Porque esa es también nuestra realidad.

Cristo ya vino, pero esperamos Su regreso. La salvación ya nos ha sido dada, pero todavía esperamos la plenitud de nuestra redención. La muerte y la resurrección de Jesús ya ocurrieron, pero todavía esperamos la resurrección final. El Reino ya ha sido inaugurado, pero todavía esperamos verlo manifestado en toda su plenitud.

Vivimos entre lo que Dios ya hizo y lo que todavía hará. Y quizá por eso resulta tan importante no encasillarnos demasiado en una “época”. Estamos bajo la gracia, sí. Estamos en el Nuevo Pacto, también. Pero también somos parte de una historia que comenzó mucho antes de nosotros y que todavía no ha terminado. A veces nuestra manera de leer la Biblia cambia cuando entendemos esto. Dejamos de acercarnos al Antiguo Testamento solamente para decidir qué cosas “todavía aplican” y cuáles “ya no aplican”, y comenzamos a preguntarnos qué nos está mostrando acerca de Dios, acerca de nosotros y acerca de Cristo.

Porque el Antiguo Testamento no compite con el Nuevo. Lo prepara. Y el Nuevo Testamento no borra al Antiguo. Nos ayuda a entender hacia dónde apuntaba. Ambos forman parte de una misma historia. Una historia que no comenzó con nosotros, que encuentra su centro en Jesús y que todavía se dirige hacia un día que tampoco hemos visto. Por eso, cuando pienso en el tiempo en que estamos viviendo, me gusta más pensar en el tiempo de Dios. No como una época aislada, sino como el momento de la historia en el que Dios nos ha permitido vivir: después de la cruz y la resurrección, bajo la gracia, dentro del Nuevo Pacto, con la salvación y con la esperanza puesta en lo que todavía está por venir. No sabemos todo lo que Dios hará ni cuándo ocurrirá cada cosa. Pero sí sabemos dónde estamos parados. Estamos en Cristo.

No estamos simplemente viviendo después del Antiguo Testamento. Estamos viviendo dentro de una sola historia... la historia de Dios.
 
 
 

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