top of page

El sueño ya no es solo mío

  • Foto del escritor: Fernando Arias
    Fernando Arias
  • hace 2 días
  • 5 Min. de lectura

Cerrar esta serie, Aprendiendo a Soñar, no se siente como terminar un conjunto de mensajes, sino como concluir una caminata espiritual que nos llevó por paisajes muy profundos del corazón. Estas leyendo el quinto mensaje de esta serie y puedes encontrar los cuatro anteriores en este mismo blog.

Hemos hablado de promesas que nacen en noches silenciosas, de palabras que Dios da cuando todo parece incierto, de procesos que nos moldean mientras esperamos que aquello que Él nos mostró en visión comience a tomar forma. En realidad, más que solo aprender a soñar, hemos aprendido a confiar en Aquel que pone el sueño en nuestro corazón.

Quiero detenerme un momento y decir algo muy personal. Esta serie ha sido especialmente significativa para mí. No estoy seguro de haberlo dejado por escrito suficientes veces, pero mi vida de predicación comenzó precisamente con este tema: los sueños. Desde el inicio, Dios marcó mi caminar ministerial con esta palabra. Sin embargo, estas cinco semanas no solo fueron una enseñanza para la iglesia; fueron también un espejo para mi propia alma. Mientras predicaba, el Señor me estaba enseñando nuevamente a mí.

Pude ver con claridad cómo mi percepción acerca de los sueños de Dios ha madurado con los años. Mi vida ya no es la misma. No sueño igual. Sigo soñando, sí, pero ya no con la misma perspectiva de antes. Hoy busco, por encima de todo, que mis sueños sean agradables a Dios, que no nazcan únicamente de mis deseos, sino de Su voluntad. Con el tiempo uno entiende que no todo lo que puede imaginar necesariamente proviene del Cielo. Y aprende a rendir incluso sus aspiraciones más nobles para que sean purificadas en la presencia del Señor.

La figura de Abraham ha sido un faro constante en este recorrido. Hebreos 11:8 nos recuerda que por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. Esa frase encierra una de las definiciones más puras de fe: obedecer sin tener el panorama completo. Abraham no caminó porque entendía todo, caminó porque confiaba en quien lo había llamado. No tenía mapas ni garantías visibles; tenía una palabra, y decidió que esa palabra era suficiente para mover sus pasos.

El texto continúa diciendo que habitó como extranjero en la tierra prometida y que vivió en tiendas, como quien sabe que está de paso. Y entonces el autor declara que lo hizo “porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:10). Esta revelación transforma nuestra comprensión de su historia. Abraham no estaba aferrado únicamente a un territorio físico; su esperanza no terminaba en Canaán. Mientras vivía en estructuras temporales, su mirada estaba fija en una realidad permanente, en una ciudad diseñada y edificada por Dios mismo.

Esa perspectiva explica su paciencia. Cuando alguien entiende que lo definitivo no está limitado a esta etapa de la vida, puede soportar la espera sin amargura. Puede atravesar procesos sin rendirse. Puede habitar en tiendas sin desesperarse por construir palacios. Abraham comprendió que su vida era parte de un plan que lo superaba, que el sueño que había recibido no estaba contenido exclusivamente dentro de sus años sobre la tierra, sino dentro del propósito eterno de Dios.

Además, Hebreos 11:13 afirma que muchos murieron “sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo”. Hay algo profundamente conmovedor en esa imagen: mirar la promesa desde la distancia y, aun así, abrazarla con fe. No todo se cumple en el tiempo que esperamos. No todo se manifiesta de la forma que imaginamos. Pero la fidelidad no se mide por resultados inmediatos, sino por la constancia del corazón que permanece.

En el camino de esta serie también entendimos que el proceso no es un obstáculo para el sueño, sino el taller donde el carácter es formado. Habacuc 2:3 nos recuerda que aunque la visión tardare, debemos esperarla, porque sin duda vendrá. Dios no solo cumple promesas; forma personas capaces de sostenerlas, porque lo que comienza como un deseo puede transformarse, bajo Su dirección, en un llamado limpio y alineado con Su propósito.

A medida que el sueño madura, deja de centrarse en nuestro protagonismo y comienza a reflejar el diseño de Dios. “Encomienda a Jehová tus obras, y tus pensamientos serán afirmados” (Proverbios 16:3). Cuando rendimos nuestros planes a Él, Dios no necesariamente los elimina; los ordena y los enfoca; y lo que al inicio parecía un proyecto personal, termina convirtiéndose en una asignación eterna.

Tal vez la lección más profunda de todas las partes de esta serie sea esta: el sueño de Dios trasciende al soñador. Pablo exhortó a Timoteo a transmitir lo aprendido a hombres fieles que enseñaran a otros también (2 Timoteo 2:2). Así se extiende el propósito de Dios, de persona a persona, generación en generación. Algunas promesas no están diseñadas para agotarse en una sola vida. Algunas semillas germinan después de que quien las sembró ya no está para ver el fruto. Así que no todos verán el bosque, pero sí sembrarán la primera semilla. Por eso, sembrar sigue siendo un acto sagrado.

Si hoy miras lo que Dios te mostró y sientes que está lejos, recuerda que Abraham también lo vio de lejos. Vivió como extranjero en la misma tierra prometida y, sin embargo, no permitió que la provisionalidad de su presente apagara la certeza de su futuro. Su corazón estaba anclado en una ciudad con fundamentos firmes, en una realidad eterna que no depende de la estabilidad de este mundo.

Aprender a soñar, entonces, no fue aprender a imaginar escenarios favorables. Fue aprender a alinear nuestro corazón con el corazón de Dios. Fue comprender que el sueño no comienza en nuestra ambición ni termina en nuestro logro, sino que nace en el corazón del Padre y se cumple conforme a Su voluntad.

Hoy puedo decirlo con mayor convicción que cuando comencé a predicar sobre este tema: sigo soñando, pero quiero que mis sueños sean primero complacencia a Dios. Si Él se agrada, el resto encuentra su lugar. Y si algún día veo la promesa de lejos, como Abraham, que también tenga la gracia de creerla y saludarla con fe.

___

© 2026 Fernando Arias. Todos los derechos reservados.
Este artículo forma parte de un proceso pastoral y espiritual del autor. Puede compartirse únicamente mediante el enlace oficial del blog. No se permite su reproducción total o parcial, copia, modificación, adaptación, distribución ni uso comercial sin autorización escrita del autor. El contenido aquí publicado no autoriza su utilización para generación automática de contenido derivado ni para entrenamiento de sistemas de inteligencia artificial sin consentimiento expreso. Gracias por respetar la integridad y el propósito con el que este mensaje fue escrito.

bottom of page