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Sueños que trascienden generaciones

  • Foto del escritor: Fernando Arias
    Fernando Arias
  • hace 15 minutos
  • 4 Min. de lectura

Hay sueños que Dios pone en el corazón de un hombre sabiendo que ese hombre no vivirá lo suficiente para verlos completamente realizados. Son sueños que no caben en una biografía, ni en una temporada, ni siquiera en una generación. Cuando aprendemos a soñar como Dios sueña, comenzamos a entender que Él no trabaja solamente con individuos, sino con líneas de fe que atraviesan el tiempo.

Abraham es uno de los ejemplos más claros de esta verdad. Dios lo llamó cuando todo en su vida parecía bien, y le entregó una promesa que superaba cualquier posibilidad natural: “Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición” (Génesis 12:2). Sin embargo, Abraham no vio una nación consolidada. No vio multitudes incontables habitando una tierra plenamente poseída. Vio el nacimiento de Isaac. Vio el inicio del cumplimiento, pero no contempló la totalidad de la promesa. Hebreos lo describe así: “Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo” (Hebreos 11:13).

Aquí encontramos la primera premisa: no todos los sueños de Dios se cumplen en una sola generación. Dios no estaba improvisando con Abraham; estaba comenzando una historia que duraría siglos. Nosotros solemos medir el éxito por lo que vemos concluido, pero Dios mide la fidelidad por lo que estamos dispuestos a comenzar aunque no lo veamos completo.

Lo mismo ocurre con Moisés. Él fue el libertador, el instrumento escogido para confrontar a Faraón y conducir al pueblo fuera de Egipto. Vio el poder de Dios abrir el mar, descender el maná y manifestarse en el Sinaí. Sin embargo, no entró en la tierra prometida. “Y murió allí Moisés siervo de Jehová… en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová” (Deuteronomio 34:5). El domingo pasado compartía con la congregación que el hombre que lideró la salida no fue el que disfrutó la conquista. ¿Significa eso que su misión quedó incompleta? Desde la perspectiva humana podría parecerlo, pero desde la perspectiva de Dios, Moisés cumplió exactamente la parte que le correspondía dentro de un sueño mucho mayor que él.

Porque hay sueños tan grandes que Dios no los confía a un solo individuo, sino a una línea de fe. La promesa comenzó con Abraham, continuó con Isaac y Jacob, sobrevivió a la esclavitud en Egipto, se manifestó con poder a través de Moisés y siguió avanzando con Josué. Cada uno recibió una porción, una asignación específica dentro de un propósito más amplio. Incluso Moisés no caminó solo. Cuando tembló ante su llamado, Dios le recordó que no estaba aislado: “¿No conozco yo a tu hermano Aarón…? He aquí que él saldrá a recibirte, y al verte se alegrará en su corazón” (Éxodo 4:14. El liderazgo se sostuvo en familia y en comunidad. El sueño no era de un hombre brillante, era de un Dios fiel trabajando a través de varias vidas e historias entrelazadas.

Y esto nos conduce a la tercera premisa, quizás la más desafiante para nuestro corazón: aprender a soñar no siempre significa aprender a ver cumplido el sueño, sino aprender a permanecer fiel dentro del proceso. Nos encanta la culminación, el momento visible, el resultado final. Pero la Escritura nos muestra hombres que caminaron durante décadas sosteniendo una palabra que aún no se materializaba completamente. Abraham esperó años por un hijo. Moisés soportó cuarenta años en el desierto guiando a un pueblo inestable. Aarón ejerció el sacerdocio en medio de crisis y tensiones constantes. Ninguno de ellos vivió un trayecto cómodo.

La grandeza de estos hombres no radicó en haber visto todo terminado, sino en haber permanecido dentro del propósito cuando el cumplimiento todavía estaba en desarrollo. Entendieron que su responsabilidad no era cerrar la historia, sino obedecer su parte en la historia. La fidelidad fue su verdadera victoria. Y si hoy sientes que estás caminando con una promesa que aún no se materializa, si te parece que otros verán lo que tú apenas estás sembrando, no te desanimes. No todo lo que comienza contigo tiene que terminar contigo para que sea verdadero. Tal vez tu mayor logro no será la culminación, sino la perseverancia. Permanece. Lo que haces en obediencia nunca es pequeño cuando forma parte de un sueño que nació en el corazón de Dios.

Cuando comprendemos esto, algo cambia dentro de nosotros. Dejamos de presionarnos por ver todo ahora y comenzamos a abrazar el privilegio de participar. Tal vez no veremos la totalidad del impacto de lo que hoy sembramos. Tal vez otros recogerán lo que iniciamos. Pero si el sueño nació en el corazón de Dios, Él mismo se encargará de sostenerlo a través de las generaciones.

Soñar como Dios sueña es aceptar que nuestra vida es un capítulo, no el libro completo. Y cuando entregamos el siguiente capítulo con fe intacta, la obra continúa, el propósito avanza y el sueño continúa más allá de nosotros.

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