Adorar no es tan fácil como muchos piensan. Es sencillo cantar, levantar las manos o emocionarse en un momento de culto, pero la verdadera adoración exige algo más profundo: conocer a Dios. Solo quien le conoce puede adorarle en verdad. Por eso, nuestra adoración nunca será más grande que la medida de nuestro conocimiento de Él. Si mi visión de Dios es limitada, mi adoración también lo será.
No estoy diciendo que no fuimos creados para adorar o que la adoración sea imposible. De hecho, la adoración es parte de nuestro diseño original. Lo que deseo subrayar es que no debe tomarse a la ligera. Adorar no es cumplir con un rito o una costumbre religiosa; es una entrega profunda y consciente a Dios. Hacerlo conforme a lo que enseña Su Palabra, especialmente en medio de estos tiempos tan difíciles y confusos, no es algo sencillo. Requiere convicción, santidad, discernimiento y un corazón dispuesto a rendirse plenamente.
El problema de fondo no es que el hombre no adore, sino a quién y cómo adora. Desde el principio, el conflicto de Dios con la humanidad ha sido el mismo: el corazón humano tiende a desviarse de su propósito para concentrarse en los medios. Dios creó al hombre para Su gloria, pero el hombre suele enredarse en sus propias metas, logros y procesos, perdiendo de vista el fin supremo: adorar a Dios y vivir para Él.
Cuando el proceso se vuelve más importante que el propósito, el proceso se convierte en un ídolo. Muchos creyentes confunden la experiencia con la esencia. Cantan con fervor, pero su enfoque ya no está en Dios, sino en la forma, la técnica o la emoción. Cuando mi canción vale más que Aquel a quien dirijo el canto, el propósito de la adoración se aborta. El proceso debe llevarnos al propósito, nunca reemplazarlo. Preparar una boda no es lo mismo que vivir un matrimonio; asistir a un culto no es lo mismo que conocer la razón de ese culto.
Dios es un Dios celoso. No comparte Su gloria con nadie ni permite que Su pueblo divida su corazón. En Éxodo 20:4–6 (NTV) Él declara con claridad: “No te hagas ninguna clase de ídolo ni imagen de ninguna cosa que está en los cielos, en la tierra o en el mar. No te inclines ante ellos ni les rindas culto, porque yo, el SEÑOR tu Dios, soy Dios celoso, quien no tolerará que entregues tu corazón a otros dioses… Pero derramo amor inagotable por mil generaciones sobre los que me aman y obedecen mis mandatos.”
Esa exclusividad no es una exigencia caprichosa, sino una expresión de amor. Dios nos llama a adorarle con todo el corazón porque Él mismo se entregó por completo por nosotros. La adoración no se trata de perfeccionar un canto, sino de entregar un corazón indiviso. Es el resultado de conocerlo, de haber sido cautivados por Su carácter y rendidos ante Su santidad.
Adorar no es fácil, porque implica morir a uno mismo. Implica dejar de ser el centro para que Él sea exaltado. Pero cuando comprendemos que fuimos creados para esto, la adoración deja de ser una carga y se convierte en deleite. Entonces entendemos que la meta no es cantar más fuerte, sino conocer más profundamente a Aquel que es digno de todo honor y toda gloria.
Comentarios