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Propósitos de Año Nuevo: ¿Quién sirve a quién?

  • Foto del escritor: Fernando Arias
    Fernando Arias
  • 27 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 29 dic 2025

Cada inicio de año viene cargado de expectativas, listas de propósitos, declaraciones y deseos. Para muchos, incluso dentro de la fe cristiana, el cambio de calendario se convierte en una especie de momento espiritual especial, como si Dios estuviera más atento, más disponible o más obligado a responder lo que pedimos. Y aquí surge una preocupación.


En ocasiones, usamos el Año Nuevo como una oportunidad para “lanzar monedas a la fuente de Dios”, esperando que Él se encargue de cumplir nuestros deseos y metas personales, como si fuera Su responsabilidad ajustarse a nuestros planes. Oramos, pedimos, decretamos y reclamamos, pero pocas veces nos detenemos a preguntar si lo que anhelamos está alineado con Su voluntad. Con frecuencia nos acercamos a Dios con una lista de expectativas, cuando quizá la pregunta más importante no debería ser qué queremos que Él haga por nosotros, sino qué espera Él de nosotros. Darle la vuelta a la conversación cambia el enfoque del corazón: dejamos de ver a Dios como el ejecutor de nuestros planes y comenzamos a reconocernos como colaboradores de Su propósito. Desde esa perspectiva, los propósitos dejan de ser una exigencia y se convierten en una respuesta obediente a Su llamado.

La Biblia nos recuerda que Dios no funciona de esa manera.
Dios nos ama, nos bendice y concede peticiones, pero nunca abdica de Su soberanía. El peligro no está en pedir, sino en exigir. No está en soñar, sino en colocar nuestros sueños por encima de Su voluntad. Jesús mismo nos enseñó a orar diciendo: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10). Esa frase no es decorativa, es el corazón de una relación correcta con Dios.

El error de “decretarlo todo”
Otro aspecto preocupante es la práctica cada vez más común de decretar que ciertas cosas ocurrirán simplemente porque las declaramos con nuestra boca. Es cierto que la Escritura afirma que la lengua tiene poder (Proverbios 18:21), pero ese poder no nos fue dado para controlar la voluntad de Dios ni para alterar Sus planes eternos. En la Biblia, quien abre el mar es Dios, no el hombre. Quien calma las aguas y los vientos es el Señor, no nuestra confesión. La fe nunca fue presentada como una fuerza autónoma capaz de producir resultados por sí misma, sino como una confianza profunda en Aquel que tiene el poder.

Quizá hemos tergiversado la enseñanza de Jesús cuando habló de la fe como un grano de mostaza. La montaña no se mueve porque nuestra fe esté suficientemente calificada o perfeccionada; se mueve porque Dios así lo quiere. La fe no obliga a Dios a actuar, sino que nos coloca en la postura correcta para ver Su obra cuando Él decide manifestarla. De otro modo, corremos el riesgo de exaltar la fe por encima del Dios en quien creemos.

La fe bíblica no se sostiene en decretos humanos, sino en confianza obediente. Hebreos 11 no presenta a hombres y mujeres que controlaron a Dios con palabras, sino a personas que caminaron en obediencia aun cuando no entendían el resultado final. Cuando hacemos de la declaración el motor principal de nuestra fe, corremos el riesgo de desplazar la dependencia genuina del Señor y convertir la oración en una herramienta de control, en lugar de un espacio de rendición.

¿Está mal tener metas y propósitos? No. En absoluto.

La Biblia no condena la planificación ni las metas personales, espirituales, ministeriales o laborales. Al contrario, enseña sabiduría, diligencia y responsabilidad. “Los pensamientos del diligente ciertamente tienden a la abundancia” (Proverbios 21:5).

Es sano proponernos crecer, mejorar hábitos, ordenar finanzas, fortalecer la vida espiritual, desarrollar dones y servir mejor. Todo eso puede mejorar nuestra calidad de vida y glorificar a Dios. El punto crítico no son las metas, sino el corazón con el que las establecemos.

Santiago advierte con claridad: “Ahora, los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad… cuando no sabéis lo que será mañana… En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello” (Santiago 4:13–15).

Entonces, ¿qué debe priorizar un cristiano en sus propósitos de Año Nuevo?
Antes que logros, crecimiento o resultados visibles, un cristiano debe priorizar su relación con Dios. El verdadero propósito no es tener un mejor año, sino caminar más cerca del Señor. No es alcanzar más cosas, sino parecernos más a Cristo. No es que Dios esté a nuestro servicio, sino recordar que nosotros estamos al servicio de Su Reino.

Cuando el corazón está alineado, Dios también se encarga de los anhelos, incluso de los materiales. Él conoce nuestras necesidades y no es indiferente a ellas. Pero cuando los deseos ocupan el centro, la relación con Dios corre el riesgo de deteriorarse.

Jesús fue claro: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33, RVR1960).

Oremos con el corazón correcto
Un Año Nuevo no debería ponernos en riesgo espiritual. No debería hacernos pensar que Dios existe para cumplir nuestros planes, sino recordarnos que vivimos para cumplir los Suyos. Que nuestros propósitos no sean una lista de exigencias delante de Dios, sino una oración honesta que diga: “Señor, ordena mis deseos, corrige mis motivaciones y guía mis pasos”. Cuando eso ocurre, el año no solo comienza bien, sino que camina bajo Su dirección.

Hoy te propongo que hagas esta oración o una similar, adaptadándola según el Espíritu Santo te guíe:

Señor, al comenzar este nuevo año me acerco a Ti con un corazón humilde y dispuesto. Reconozco que muchas veces he presentado mis planes, deseos y anhelos sin antes rendirlos a Tu voluntad. Perdóname cuando he buscado más Tus bendiciones que Tu presencia.

Hoy pongo delante de Ti mis propósitos, no para exigirte resultados, sino para pedirte dirección. Examina mi corazón, corrige mis motivaciones y enséñame a desear lo que Tú deseas. Que mis sueños no me alejen de Ti, y que mis metas no ocupen el lugar que solo Te pertenece.

Ayúdame a buscar primero Tu reino y Tu justicia. Que mi mayor anhelo sea agradarte, caminar en obediencia y reflejar a Jesús en cada área de mi vida. Confío en que Tú conoces mis necesidades y que, en Tu tiempo y conforme a Tu voluntad, añadirás todo aquello que sea bueno para mí.

Recibo este año como un regalo de Tu gracia. Guíame, sosténme y transfórmame, para que al final de este camino pueda decir que no solo viví un año más, sino que caminé más cerca de Ti.

En el nombre de Jesús. Amén.

 
 
 

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